El 10 de enero, hace exactamente medio siglo, murió Samuel Dashiell Hammett, hombre polifacético y padre de la novela negra mode

La balada del hombre delgado

Frecuentemente confundido con su nombre de pila, el apellido Dashiell es una contracción americana del francés De Chiel. Antes de convertirse en un autor famosamente tardío, su vida se nutrió de diversas peripecias laborales, como encarnar el sueño infantil de ser un agente de la famosa Agencia de Detectives Pinkerton. Fueron esos años los que nutrieron sus arquetipos literarios, que luego se filtrarían al cine: los claroscuros del héroe ligeramente corrupto, la peligrosa y sensual dama en apuros, las encomiendas extravagantes a investigar. Como una deformación profesional, igual que B. Traven, el natal de Maryland fue hombre de muchos nombres: escribió bajo las identidades de Samuel Dashiell, Daghull Hammett, Mary Jane Hammett y Peter Collinson.

El poder y el deber

Pero muchos años antes de prefigurar al detective Sam Spade y la tortuosa trama de “El Halcón Maltés” –anclada para siempre en el inconsciente colectivo en el duro rostro de Humprey Bogart y la maestría cinematográfica de John Huston– o su exitosa “Cosecha Roja”, Hammett se alistaría como voluntario en la Primera Guerra Mundial. Igual que su compatriota Hemingway, viviría los sobresaltos del azaroso servicio de ambulancias en el bando aliado. Los rebrotes de una tuberculosis contraída en la guerra y el alcohol debilitarían su salud para el resto de su vida. Luego de la conflagración, probó suerte en el mundo de la publicidad, antes de convertirse en detective y publicar su primer cuento, en 1922.

El ídolo negro

Un oficio cuentístico de una década ininterrumpida consolidó lo que redundaría en sus obras maestras: “Cosecha Roja”, de 1929, y “El Halcón Maltés”, de 1930; donde llevó más allá las tramas de la novela negra, presa de sus habituales y previsibles modelos para explorar a sus anchas en los equívocos de la ambición y los matices de la condición humana.
Pero si la literatura lo llevó por un camino de miel, su activismo político fue hacia un rastro de espinas: ferviente antifascista en la década de los 30 se afilió al Partido Comunista. Ello no le impidió presentarse como voluntario al ejército una vez más, en 1942. Enfermo y rechazado por su precaria salud, insistió para ser admitido con el rango de sargento en unas remotas islas del Pacífico, donde se dedicó a editar una publicación periódica dirigida a las tropas.

El bosque de piedra

Al regresar de la guerra, durante la cruzada Macartista contra la izquierda americana, su activismo se intensificó: escribió proclamas, reunió fondos para liberar a compañeros encarcelados y fue llamado a testificar. En 1951, a diferencia de muchos trabajadores de la industria cinematográfica que delataron las actividades “subversivas” de muchos compañeros del gremio –el caso más tristemente célebre fue el del gran director Elia Kazan– Hammett fue recluído en la cárcel durante casi un año por negarse a acusar a sus camaradas.
Y aunque al final de su vida fue constantemente investigado por una comisión del Congreso, perseguido, incluido en las listas negras que le negaban el trabajo, se mantuvo firme hasta la muerte.
Paradojas americanas: al morir en 1961 –en el cúlmen de la Guerra Fría– como veterano de dos guerras mundiales, el celebrado autor, ex guionista de Hollywood y comunista recalcitrante fue sepultado con honores en el cementerio militar de Arlington.

Bardo de las bardas

”No es tan sencillo decir la verdad, cuando se ha perdido la costumbre”.

Dashiell Hammet
Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb