Hace unos meses, tras un retiro de fin de semana organizado por los legionarios, un joven de 16 años, hijo de un importante hombre de negocios mexicano que siempre apoyó a la congregación, llegó a su casa envuelto en su propia ira, descolgó de su recámara su foto abrazado de Maciel con el Vaticano de fondo y la quemó entre lágrimas: durante años el muchacho creyó sin matices la versión de que todas las acusaciones eran falsas y resultado de un complot anticatólico, pero ahora todo resultaba ser cierto. Su fe se derrumbó.
Como él, hay muchos jóvenes y adultos de buena fe que están desolados. Y saben que la doble, triple, cuádruple vida de Maciel, y sobre todo sus aberrantes delitos, sólo pudieron sostenerse durante décadas gracias a que hubo en la Legión y en el Vaticano, directivos y tropa que sabían de sus prácticas, las ocultaban, lo encubrían y se beneficiaban de todo el esquema criminal diseñado por el cura.
Las denuncias de estos años no sólo son contra Maciel: hay sacerdotes, maestros señalados.
La maldad del fundador permeó en buena parte de las ramas de la organización.
No se trata de descalificar –sería discriminatorio incluso- a los egresados de escuelas y universidades de la Legión, pero sí señalar que la podredumbre no se fue a la tumba con el padre michoacano. La limpieza tiene que ser más profunda.
Mañana -irónicamente en 30 de abril “Día del Niño”- se reunirán en Roma los jerarcas que investigaron durante los últimos meses a la Legión de Cristo para decidir qué medidas tomarán.
Lo que se ha filtrado hasta ahora es que Benedicto XVI optará por una intervención administrativa y por poner desde el Vaticano a un comisario que quede al frente y gobierne.
Con estas medidas es probable que la estructura administrativa y los flujos multimillonarios en dólares puedan salvarse, que siga habiendo clases y se sigan reclutando vocaciones, pero si no erradican la herencia -la maligna- de Marcial Maciel, el problema volverá a la vuelta del calendario con otro apellido: la hipótesis del pederasta solitario sería una burla.
Hay un abismo entre el muchacho que incendió la imagen de Maciel porque se derrumbó su mundo y los altos prelados que creen que haciendo lo mismo, quemar su memoria, habrán terminado con el problema.
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