Estas son las primeras conclusiones de los exámenes científicos e interrogatorios practicados que han llegado hasta el expediente que lleva la Procuraduría del Estado de México. Cuando los peritos mostraron en privado estas deducciones a sus jefes, éstos simplemente les dijeron que la versión del “accidente” era increíble, que era imposible que algo así hubiera sucedido, que nadie otorgaría un mínimo de verdad a tan desconcertante explicación.
Los que llevaron a cabo las pruebas periciales contestaron que en el cuerpo de la niña se descubrió que su último alimento fue la hamburguesa que ingirió en compañía de su padre en Valle de Bravo, que por tanto murió horas antes de que la reportaran desaparecida, que el rastro de saliva y de orina detectados en las sábanas de su cama había sido corroborado con análisis de ADN, que el cuerpo permaneció más de una semana sin ser movido del lugar a juzgar por las laceraciones y heridas detectadas en su piel que concordaban con la posición en la que fue hallado, pues de haber sido retirado el cadáver nadie lo hubiera podido dejar exactamente así.
El peritaje, recién salido de los hornos de las instancias de policía científica mexicanas, se ha integrado a la averiguación previa y abulta la hipótesis del accidente como explicación a la muerte más comentada este milenio en México.
El problema es que el procurador Alberto Bazbaz habló de homicidio, dijo, sin duda alguna. Y el imaginario público construyó, desde ahí, su propia indagatoria del crimen. Vamos a ver con qué salen en las conclusiones oficiales.
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