En realidad, la angustia mayor del perentorio huésped de Los Pinos no es la descrita en el párrafo anterior sino su propio destino, a partir de diciembre de 2012, aun cuando cuente, como sus antecesores, con el blindaje del Estado Mayor Presidencial y una situación económica privilegiada además, claro, de la intransitable costumbre de la impunidad. En su interior sabe bien que un viraje hacia la izquierda sería una bomba contra él; igualmente considera que un triunfo del PRI –más posible- obligaría a realizar una sacudida al interior del Ejecutivo de la que saldría mal parado; incluso, en la hipótesis de que no fuese su candidato el abanderado del PAN, la distancia sería indispensable para paliar las presiones externas e internas que lloverán sobre el campo de la política sin remedio.
¿Qué pasará a Felipe, el “hijo desobediente” –así se calificó él sin explicarse muy bien como suele ocurrirle-, cuando llegada la hora de decir adiós voltee hacia atrás y observe que va solo por el camino, desprendido de la parafernalia presidencial, de los honores fugaces e incluso de algunas complicidades evidentes que se pretenden ocultas a la luz de cuantos quieren ver? Ésta es la perspectiva que le inquieta, por él y los suyos, en un México en donde las vendettas son cada vez más frecuentes y pocos perdonan cuando se sienten traicionados, con la ley de la selva como argumento central. La guerra por él comenzada girará hacia él y ya no tendrá la lacayuna fidelidad de Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública y solidario calculador de prebendas, ni el respaldo institucional de las Fuerzas Armadas que acaso le pasarán sus facturas por tanto dolor y tanto desprestigio. Las buenas han sido para el mandatario; las malas, con mucha sangre en las manos, para los mandos castrenses. Y eso es difícil de olvidar.
Por ello, Felipe Calderón se prepara de cara a los inminentes acontecimientos. Conoce, de sobra, los efectos económicos de una nueva recesión y, sin embargo, ya no habla de blindajes y optó por depositar en el palenque político a Cordero Arroyo quien llevaba la batuta hacendaria, con escasas posibilidades de ganar la candidatura de su partido –salvo si el intervencionismo presidencial se consuma-, y, por ende, mantener la Presidencia en las “mismas” manos, las que se dieron a la tarea, como en el siglo XIX, de traer emisarios de Europa –antes fue Maximiliano, ahora los consorcios bancarios, energéticos y periodísticos-, para proyectar con ello el destino de una nación sojuzgada que jamás ha saboreado las mieles de los conquistadores. Por eso, cuando podemos, volvemos el rostro hacia la estatuilla de bronce del gran Pancho Villa, el único aliciente para corroborar la verdadera bravura de los mexicanos dignos.
Calderón suspira por un retiro tranquilo que, bien sabe, no tendrá. Más hábil que él, Margarita, su compañera desde los días de enseñanzas de “Maquío” bajo la frescura del bosque –Ah, los “retiros” políticos con sabor a sociedades gregarias-, ha optado por protegerse, de cara al futuro, con la invaluable ayuda de sus hermanos, sobre todo Hidelbrando y Juan Ignacio, quienes siempre apostaron por su cuñado por que le veían moldeable y con pobre cargamento cultural, negociando lo suyo y abriendo cauces para invertir “lo más discretamente posible” sin parecer voraces como sus antecesores inmediatos y los de más atrás quienes ahora presumen que en ellos recala la “costumbre del poder” y saben muchas cosas trascendentes.
Espera Calderón no ser tocado desde dentro ni desde fuera; esto es no ser objeto de persecuciones por parte de quienes lleguen a la Presidencia ni de venganzas como consecuencia del odio de las mafias supuestamente minadas. ¿Lo están de verdad? Porque tememos que todo es frivolidad cuando observamos los datos duros y corroboramos la intensidad de la exportación de drogas hacia el mayor mercado de consumo del mundo, los Estados Unidos, que hubiera mermado si, de verdad, el gobierno ganara la guerra contra las mafias organizadas. Como no es así, es evidente que las aprehensiones y hasta algunas ejecuciones escandalosas –entre ellas, la de Arturo Beltrán Leyva por efectivos de la Marina en Cuernavaca, a cientos de kilómetros de nuestras costas-, son escenografía, nada más, que esconde el drama mayor del sexenio en curso: La ausencia de gobierno, el mismo modelo acogido por los Fox cuando comprendieron que tenían límites y no supieron hacer política, relegándose y acusando al Congreso de ser “el freno” al cambio. Doce años de parálisis y sueños rotos.
México, en diciembre de este año, no será el mismo de 2006 ni el de 2000. Los escenarios son bastante más complicados y ruinosos. Y es éste el saldo rojo que habrá de afrontar Calderón si bien su mayor deseo sería esconder la cabeza... como los avestruces.
Debate
Cuando menos, cinco veces ha cambiado su propia perspectiva –y sus proyectos a futuro- Felipe Calderón en el apretado lapso de su sexenio. Veamos:
1.- Hubo un momento en el que creyó, como salida pragmática, en la sucesión a favor del priísta Peña Nieto... Hasta que se dio cuenta de que no podía manejarlo porque ya respondía a otros indicadores. Y, entonces, confió el destino a Juan Camilo Mouriño quien, para fortificarlo y fortificarse, optó por la negociación con los grandes cárteles.
2.- En noviembre de 2008, la muerte de Mouriño, cuyo expediente yace bajo los siete candados de una transparencia convenenciera por cuestiones de “seguridad del Estado” –lo que, en sí, determina que no se trató de un simple accidente-, obligó a Calderón a enfrentarse a las mafias y abrió fuego considerando que podría aplicarlas convirtiéndose en una especie de nuevo héroe americano.
3.- La recesión que abrió fuego en 2008 pero se dejó sentir, en México, con enorme fuerza en 2009, entre otras razones porque los bancos españoles y estadounidenses se fortalecieron sacando de México nuestros dólares, obligó a Calderón a pensar en la urgencia de asegurar el continuismo con un economista sin definición partidista, todavía pensando en negociar.
4.- Los recorridos de Andrés Manuel López Obrador por Chiapas y Oaxaca, hasta el último rincón, significaron un enorme desafío en cuanto a la posibilidad de contactos con los subversivos y los políticos explicablemente dolidos por la usurpación de 2006. Fue entonces cuando volvió a ver a Peña como una salida viable.
5.- Finalmente, la muerte de Francisco Blake Mora, le hizo sentir su propia, tremenda vulnerabilidad cuando más poder creía haber atesorado. Fue cuando entendió que sólo a través de su partido, el PAN, podría tener alguna escapatoria e hizo de esta posibilidad su plan de batalla.
No es nada sencillo instrumentar tantos virajes, pero el aliento de las tardeadas y sus propias inhibiciones, además del temor que aumenta cada día al acercarse al fatídico mes de julio, cuando se darán las elecciones, y al de diciembre, cuando dejará la banda tricolor si las aguas no se salen de cauce, mantienen a su espíritu en jaque. Y bien se sabe que se puede gobernar de todas formas, menos con miedo, una lección que aprendí de un viejo sabio del Mayab.
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