Es la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), ubicada al noroeste de África y con cerca de un millón de habitantes. Sin embargo, en medio de las adversidades y con el inclemente desierto a sus pies, la orgullosa nación saca ímpetu de la gran fuerza colectiva, uniendo sus manos cada mañana para recibir el sol del desierto.
La trágica condición de la comunidad saharaui inició en 1975, cuando Marruecos invadió el Sahara Occidental. Tras soportar un siglo de injusticias por parte de los colonizadores españoles, la RASD registró durante los años 40 y 50 altos grados de represión y hambre. En 1963, el Rey Hassan II de Marruecos solicitó a Franco la anexión del Sahara, tierra rica en minerales y fosfatos. En 1967, la ONU planteó a España la independencia de esta nación, pero los desacuerdos entre Mauritania, Marruecos y Argelia por el territorio frenaron la iniciativa.
Fue hasta 1975 cuando el gobierno español firmó los “Acuerdos de Madrid”. El día que salieron los españoles, por el otro lado entraron Mauritania y Marruecos. La RADS es una espina en medio del África francófona y un ejemplo de una democracia moderna junto a naciones con prácticas medioevales.
El conflicto no se ha solucionado en décadas. A la RASD le asisten el derecho y la razón. Por unanimidad, el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya emitió un dictamen el 16 de octubre de 1975 que demuestra la existencia de derechos, incluidos sobre la tierra, y rechaza los argumentos de Marruecos.
La República Árabe Saharaui Democrática vive desde entonces una larga lucha por su libertad. El alto al fuego vigilado por la Misión de las Naciones Unidas para el referendo en el Sahara Occidental, que el 29 de abril de 1991 estableció el Consejo de Seguridad de la ONU, abrigó una esperanza para resolver el conflicto. Ésta se desvaneció, pues la disputa se encuentra en un larguísimo “impasse” por la contundente negativa de Marruecos a aceptar el referéndum libre que apoyaba la mayoría de las naciones miembros. El proceso de paz se encuentra estancado, pero los saharauis no abandonan la búsqueda de su independencia total.
Las presiones marroquíes, incluida la construcción de un muro de más de dos mil kilómetros de largo que divide de norte a sur el Sahara Occidental, permanentemente vigilado por más de 150,000 soldados del ejército marroquí con radares y minas antipersonales, han impedido la autodeterminación de la RASD, como lo ha descrito Amnistía Internacional.
La gran mayoría de los saharianos viven en precarios campos de refugiados en territorio argelino, organizados por el Frente Polisario (Movimiento de Liberación del Sahara Occidental) para reclamar su legítimo derecho a la autodeterminación y el territorio que les pertenece. Aunque distante, poco conocido y a pesar de la brutalidad del colonialismo, es un pueblo con gran dignidad y constituye uno de los más grandes ejemplos de solidaridad y fortaleza social; un pueblo sin hambre y en donde las mujeres son el principal motor de su comunidad.
Pero lo peor acaba de suceder. Hace unos días, Marruecos asestó un golpe sangriento al atacar y desalojar un campamento saharaui. El saldo fue brutal: 18 muertos, 723 heridos y 159 desaparecidos. La comunidad internacional ha guardado silencio. La ONU tampoco se ha pronunciado al respecto. Disimulo, a veces convertido en complicidad, que condena a ese pueblo a seguir viviendo un exilio obligado.
Miles de saharianos habitan en tierras ajenas; tierras prestadas, áridas y agrestes del desierto de Argelia. Reciben ayuda internacional para poder sobrevivir, pero les falta lo más importante: Su libertad. Padecen un drama humanitario que necesita nuestra atención. La situación empeora. El proceso de paz está bloqueado y los orgullosos saharauis se encuentran bajo asedio y siguen abandonados a su suerte en el desierto del Sahara. Es urgente devolverle la libertad a un pueblo que la idealiza como la oportunidad maravillosa de convertir el desierto en un oasis de democracia y fraternidad.
Don Miguel de Cervantes Saavedra escribió en El Quijote: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los Cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”. Mis amigos saharauis siempre recuerdan que no habría desierto sin una suma de granos de arena.
Los saharaui caminan por el desierto en busca de la muy escasa lluvia. Por eso lo llaman con el hermoso nombre de “El pueblo de las nubes”.
http://www.rubenmoreira.com.mx -- .(JavaScript must be enabled to view this email address) -- http://twitter.com/@rubenmoreiravdz
| Comparte ese artículo: |
|



