Supongo que Orson Welles se planteó una maniobra similar para su versión fílmica del Quijote. Fue hasta España y recorrió la ruta del caballero de la triste figura, esperando en el intento rescatar imágenes de un país que era muy de su interés.
La película, sin embargo, no se completó debido a múltiples razones. Una de ellas, el dinero. Welles invirtió sus ahorros para esta producción, sin apoyo de compañías, sólo con una donación de 25 mil dólares hecha por Frank Sinatra. Eventualmente, los costos impidieron trabajos de post
producción.
Otra fue la muerte de Francisco Reiguera, el Quijote elegido por Welles, quizá recordado en México por sus constantes participaciones como actor secundario en comedias de Tin Tan u otros comediantes de la época. Aunque a su muerte ya se había grabado todo lo programado: el propio actor —consciente de que ya no le quedaba mucho tiempo— impulsó a Welles a trabajar velozmente en el rodaje.
Agreguemos: Welles inició el proyecto sin guión, apenas unas notas y, perdonen la cursilería, un sueño. Inició en México con la idea de que la historia girara alrededor de un personaje femenino. La idea fue desechada y la producción se movió a España, con nuevo argumento y nuevos gastos.
Todos estos elementos dan nota de una producción tortuosa, con todo y que, según testimonios orales y visuales, Welles no la pasó nada mal en España entre homenajes y fiestas. Un caso similar lo encontramos en otra joya: “The Circus”, de Chaplin. Fueron tales los problemas de producción (y personales) que Charlie terminó abominando el filme, a pesar de que le dio su primer Oscar. Tanto así, que el genio se reserva mencionar la película y el episodio en sus memorias.
Welles, sin embargo, no amó a una película tanto como a su inconcluso Quijote.
Pasó la vida afirmando a los amigos que la terminaría; aceptó otras producciones para obtener el dinero suficiente y retomarlo. Miraba los rushes, fabulaba, editaba, la vida se le iba en ese “sueño imposible”. Empezó a grabar en el 59.
Para el 85, días antes de su muerte, aún hablaba de concluir esa película.
Incluso pidió que sus cenizas fueran esparcidas en España
Welles —a diferencia de Menard, que se convierte en un Cervantes— se había convertido en el Quijote.
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