El Día del Padre no tiene, en el imaginario social, la misma fuerza que el de la Madre. A la madre la llevamos a comer, le ofrecemos serenatas y flores, le compramos pasteles y dulces, que es una manera de retribuirle la alimentación que se convirtió en afecto, la ternura que nos dio. Pero el estereotipo social del padre no permite sutilezas. La figura del padre, más bien rígida y seca, llena de autoridad y productora de bienes, impide la variedad en los regalos. No puede regalarle, por ejemplo, un bello adorno para la casa (imagínese regalándole unas campanitas de cristal cortado para la mesa de la sala, objetos inútiles que a cualquier mujer le encantarían). O una batería de cocina. Si usted se atreve a darle a su padre un regalo de tal naturaleza, él se le quedará viendo fijamente pensando: “¿Quién creerá que soy?”. Y con una sonrisa forzada pondrá los objetos en cualquier parte, olvidándolos inmediatamente.
Si a un hijo que ha superado la infancia (ya adolescente, ya adulto) se le ocurre hacer de su propia mano una tarjeta de agradecimiento, llena de frases amorosas y se la regala a su madre, seguramente ella va a derretirse de gusto. Pero si se la regala, en iguales condiciones a su padre, este va a pensar “Dios mío, ¿Qué he hecho con este hijo? ¿En que he fallado?”. Y si es una hija y le regala, por decir algo, una loción que a ella le pareció agradable, dulce y fragante, el padre le agradecerá el presente, se la pondrá una o dos veces y luego la dejará en reserva para cuando ella se queje de que nunca la usa.
Es más fácil acertar al gusto de la madre, porque para ella toda ofrenda tiene afecto, pero el padre busca en el regalo, antes que nada, la utilidad o la diversión. Cuando damos un presente, el objeto obsequiado puede ser lo que el donante quiere que la persona tenga, o se puede dar lo que la persona desea tener, buscando la medida de la persona. Éste es el tipo de regalo que verdaderamente se valora, pero es mucho más difícil de acertar, puesto que para ello necesitamos conocerla verdaderamente. Se regala para obtener aprecio, para ser reconocidos, para agradar, para adular o para transmitir afecto. Y esto último es lo más difícil.
Usted puede llegar este día con un obsequio útil o con un obsequio placentero. Con alguna prenda de ropa o con un juguete para adulto. Y cuando digo juguete para adulto no me estoy refiriendo a eso que seguramente pensó de manera inmediata: no hablo de una muñeca inflable, sino de los ahora populares gadgets, que son objetos tecnológicos pequeños, novedosos y prácticos, como los relojes con calculadora, con medidores de presión o de ritmo cardíaco; los teléfonos con muchas funciones; las tablets; las plumas con memoria y tantos otros juguetes que permiten pasar horas enteras explorando sus funciones y que finalmente se pierden a la primera provocación o se quedan almacenados en el buró junto a la cama.
Como sea, en este día no hay que confundir lo costoso, lo caro, con lo valioso, con el regalo que sin erogar mucho dinero, puede trasmitir la verdadera intención del acto. No se ha valorado en todo lo que significa el regalo hecho a mano, el artesanal, el que consumió tiempo y esfuerzo para realizarse y que fue adquirido pensando en una y sólo en una persona. Si creemos que entre más dinero gastemos vamos a complacer más, estamos muy equivocados. Quien en este Día del Padre tenga la fortuna de tener a quien regalar, debió hacerlo dedicándole tiempo a la selección, con verdadera prudencia y con afecto real. El resultado será esa sensación de agrado profundo que llamamos amor filial.
| Comparte ese artículo: |
|



