Dina, la madre de José, recordó que durante su estancia en el hospital el niño había mostrado algo de interés en un perrito. También recordó haber oído decir que los delfines se relacionan bien con los adolescentes perturbados. Decidió comunicarse al Centro de Investigaciones de Mamíferos Acuáticos en la Florida, en el cual, por una cuota mínima permiten a los visitantes nadar en una bahía cercada en el océano Atlántico con los doce delfines en estudio.
No es costumbre que los delfines hagan proezas para que los visitantes les den de comer. Los mamíferos acuáticos viven en un ambiente natural y son educados a responder a señales. Periódicamente les abren las compuertas para que, si lo desean, puedan regresar al mar. La interacción que surge con los humanos es estrictamente a voluntad y a la discreción de los delfines.
Cuando José llegó al Centro tumbado en su carriola, paralítico, silencioso y ensimismado, nadó a la orilla Fonzie, uno de los delfines. Algo especial surgió entre ellos: Amor a primera vista. “Los ojos indiferentes del pequeño se iluminaron y por su parte, Fonzie, cada vez que lo ve llegar, se abre paso a toda velocidad entre sus compañeros delfines para recibir, alborozado, con una enorme cabriola al pequeño José”.
¿Qué intuyó el delfín cuando vio al niño? ¿Cómo supo de su enfermedad y sufrimiento? Nadie lo sabe. Pero los delfines poseen tal sensibilidad y tan exquisita comunicación sin palabras que comprenden cuando una persona necesita ayuda. Los mamíferos tiernos y graciosos han sido utilizados para ayudar a personas con problemas mentales, a autistas y a perturbados emocionales, quienes han logrado una sorprendente mejoría. Reducen el estrés en los niños de tal manera que, una vez relajados, los pequeños son mucho más receptivos al aprendizaje.
Al principio al ver el interés que mostraba José por Fonzie, le decía el entrenador que el delfín sólo comería cuando él le diera los peces con la mano izquierda; pero el pequeño José no podía doblar sus dedos para tomar el pez. Era tal el deseo del niño de alimentar a su amigo que hablaba en sueños: “Abre los dedos. Cierra los dedos”. Al fin pudo tomar en la mano izquierda el pez y envolverlo con sus dedos. Dirigiendo su brazo, Dina le ayudó a colocar el bocado en las fauces abiertas de Fonzie. Fue acelerada después la recuperación del niño: Toda suerte de juegos se diseñaron para que ejercitara los músculos atrofiados.
Los delfines tienen 88 enormes dientes afilados. ¿Cómo pudo el niño confiar en él para darle de comer y acariciarlo? Nadie lo sabe, pero el amor obra maravillas. Un día, se animó a entrar al agua a jugar con el delfín y poco a poco, con la mano izquierda pudo sostener la pelota y usar la pistola de agua para bañar a Fonzie. El delfín, lleno de júbilo, emitía sonidos extraños. José decía que el delfín cantaba.
Esta historia de amor tuvo un desenlace feliz; al año de su enamoramiento, José camina y corre. Y todas las tardes lleva una cubeta llena de sardinas, con la mano izquierda, a su amigo delfín. Y dice, entre risas: “Yo amo a Fonzie. Fonzie me ama a mí”. ¿Qué vio el niño en el delfín que no había visto en los ojos de los humanos? Algo que todavía no se escribe en los textos de medicina y que los delfines ya lo saben.
El corazón de la patria está herido: Necesita muchos delfines para sanarlo. No permitamos que nos contamine la ausencia de amor ni la desesperanza, que es donde se instala el miedo. Digamos juntos: “Yo amo a México y quiero ser un buen ciudadano, México me ama y me necesita a mí”.
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