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Columnista Invitado
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29 Enero 2011 04:00:56
El Seminario de Montezuma, N.M.
Hoy sábado
Raúl Cárdenas Silva
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A partir de la Constitución de 1857, después las Leyes de Reforma aprobadas en 1859 y finalmente el movimiento revolucionario de 1910 a 1921, constituyeron el caldo de cultivo de la que sería, sobre todo en el régimen del general Plutarco Elías Calles –1924 a 1928–, la época más crítica para la Iglesia católica en México.

Efectivamente, durante el período de la persecución religiosa en nuestra patria, que duró poco más de tres años, se cancelaron los cultos, cerrándose los templos por alrededor de un par de años; un decreto del Senado, el 4 de enero de 1926, reglamentó el Artículo 130 constitucional sometiendo la actividad religiosa al control oficial, por dicha enmienda se le impusieron múltiples restricciones entre las que citamos como ejemplo la limitación del número de curas que, por cierto, fueron considerados como simples profesionistas exigiéndoseles registrarse en las oficinas gubernamentales. En ese mismo año se deportaron a los clérigos extranjeros, se clausuraron todas las instalaciones religiosas –conventos, seminarios, escuelas, asilos, orfanatos,– y se llegó a lo insólito: fundar la Iglesia Católica Mexicana nominando “patriarca” al presbítero apóstata Joaquín Pérez y Budar, hecho que resultó un sonado fracaso.

El 19 de enero de 1927 inició la rebelión cristera, en la que los católicos tomaron las armas contra el régimen callista, movimiento que terminó en junio de 1929 mediante los arreglos correspondientes. Recién empezada la revuelta, el 14 de junio, fue expedida la Ley Calles, que reformó el Código Penal creando los delitos de religión, ahí se señaló, entre otras resoluciones que el espacio nos impide incluir, que las edificaciones clericales pasaban al dominio de la nación y que se prohibía definitivamente el culto público. El 17 de julio de 1928 el fanático religioso José de León Toral asesinó en San Angel, D.F., al general Álvaro Obregón.

Estos acontecimientos sucintamente expuestos provocaron la necesidad de crear un seminario interdiocesano, correspondiéndole a la curia norteamericana el haberlo hecho realidad en el “Pontificio Seminario Central Mexicano de Nuestra Señora de Guadalupe” de Montezuma, Nuevo México, en la Unión Americana, el año 1937.

Hubo dos intentos previos en Castroville, al poniente de San Antonio, Texas; el primero, de 1915 a 1918, albergó a 108 alumnos, entre los que se contaron a los presbíteros saltillenses José de Jesús Avila, José María García, Ramón Blanco, Fidel Domínguez, Francisco de P. Guerra y José Guadalupe Mercado; la segunda intentona se refiere al que la Santa Sede adquirió “para los seminaristas mexicanos perseguidos”, que estuvo vigente de septiembre de 1929 a julio de 1930 con un escaso alumnado, sólo 24 jovencitos. Ambos cerraron dado que “parece que ya se está resolviendo el conflicto y no es justo seguir siendo una carga para la Iglesia americana”.

Dada la preocupación de Su Santidad Pío XI y el curso de los acontecimientos en México, la magnificencia de la jerarquía americana promovió una colecta nacional pro seminario interdiocesano mexicano el 10 de marzo de 1937, cuyo resultado fue la adquisición del antiguo hotel del Ferrocarril de Santa Fe en Montezuma, risueño paraje donde había unos baños termales. En total, 19 mil 500 dólares costó el terreno de 3 mil 500 metros cuadrados, ubicado a mil 945 metros sobre el nivel del mar, constó de tres edificios y cinco locales de madera además de un rancho, se localizaba muy cerca de Santa Fe, capital de Nuevo México, al norte de Ciudad Juárez, Chihuahua.

Su administración corrió a cargo de los jesuitas desde su inauguración el 27 de septiembre de 1937; iniciaron 359 seminaristas de 30 diócesis mexicanas, siendo sostenido económicamente por la curia norteamericana, que aportaba aproximadamente 125 mil dólares anuales. La jerarquía mexicana poco podía ofrecer dadas las circunstancias y la desvalorización del peso, que de 4.85 llegó a 12.50 por dólar, sólo pudo contribuir con 12 dólares mensuales por alumno. El nivel académico fue de lo mejor del orbe, por esto se le concedió la afiliación a la Universidad Pontificia Gregoriana, de Roma. Al desaparecer las causales que le dieron origen y con el restablecimiento de relaciones diplomáticas de nuestra nación con el Estado Vaticano, se decidió no incidir más en la economía de la curia americana cuya invaluable contribución permitió la formación de más de un millar de sacerdotes mexicanos.

Los principales benefactores y fundadores del excelente seminario fueron: Francis Clemente Kelly, obispo de Oklahoma; Michael Joseph Curley, arzobispo de Baltimore; John Mark Gannon, obispo de Erie, Penn.; Arthur Drossaerts, arzobispo de San Antonio; Rudolph Gerken, arzobispo de Santa Fe, N.M.; el cardenal José Garibi Rivera, arzobispo de Guadalajara; monseñor Maximino Ruiz y Flores, arzobispo de Morelia y delegado apostólico en México.

Cabe señalar que el tercer obispo de nuestra diócesis, don Jesús María Echeverría, fue miembro del Comité Episcopal Mexicano pro Seminario de Montezuma, donó una biblioteca con más de 2 mil volúmenes al Seminario de Castroville, que posteriormente le fue devuelta; dada su investidura, participó en varias reuniones del comité binacional y muchos seminaristas de esta diócesis ahí llevaron a cabo sus estudios superiores de Filosofía y Teología que aquí no se impartían, limitación que fue superada con la edificación del Seminario Mayor hace poco más de una década.
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