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Dalia Reyes
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29 Noviembre 2016 04:00:00
El sueño justo
Don Felipe, mi abuelo, dormía la siesta ahí mismo donde acaba de comer: echaba la cabeza para atrás y dejaba que el cuello se acomodara sobre el respaldo de la silla cuya cabecera redondeada le recibía amoldándose una a otro. Enseguida se escuchaba su respiración pausada y serena, como si perteneciera a alguien libre de pecado.

Podía dormir en cualquiera de las recámaras amplias y frescas que seguían a la cocina en aquella casa campirana, pero eso le requería más de los 10 minutos justos dedicados a dormir después del mediodía. Con eso recargaba sus baterías y volvía a los corrales, a la huerta o a los juzgados, donde siempre tenía algún asunto pendiente.

Su manera de dormir la siesta no era bien vista por todos, porque ese ritual debía respetarse a fin de conservar la salud y no perder para siempre la energía. Los abuelos heredaron a nuestros padres la costumbre de dormir un cuarto de hora después de comer, pero bien tendido en un espacio suficiente y abrazador.

Mi papá no siempre tenía a la mano una cama para dormir la siesta, pero siempre se las arregló para encontrar mullido el sillón de su auto tras escaparse a las 12 en punto, después de comer su lonche, unos minutos del trabajo y cumplir con la bendita costumbre de la siesta que nos transmitió cuando éramos niños y debíamos seguirla así se nos fuera el tiempo en cerrar a la fuerza los ojos.

Hoy en día sobra camas amplias, sillones suaves, espacios acolchonados, sitios acogedores, pero nos falta tiempo para tomar una siesta entre el ajetreo diario. Los horarios ya no coinciden con ese “in pace” que hacía el mundo, quedándose detenidas todas las actividades y las intenciones.

Cuando niña, a la hora de la siesta, todos guardábamos silencio así el sueño se nos hubiera escapado. Era una manera de escapar a lo que estaba por llegar y no era deseado, o de alargar el placer de lo obtenido, o de acrecentar la emoción del porvenir.

La siesta era algo mucho más importante que dormir.

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