La reforma energética de Enrique Peña Nieto impuesta por los poderes fácticos, alentada por intereses extranjeros y avalada por el PRI, PAN, PRD ofreció a los mexicanos millones de empleos, riqueza, electricidad y gasolina a precios asequibles. ¿Cuál fue el resultado? Las tarifas eléctricas y el valor de los combustibles se dispararon; el desempleo mantuvo sus niveles históricos, la corrupción se desbordó y el Estado perdió influencia en sectores estratégicos. En el sexenio peñista, la gasolina subió 77%, 49.8 por encima de la inflación y 36 con respecto al salario mínimo. La iniciativa del presidente Andrés Manuel López Obrador para revertir la situación los tiene muy enfadados.
AMLO afronta a la oposición, encabezada por el frente PAN-PRI-PRD, la oligarquía y algunos sectores de la prensa, con la misma estrategia que le permitió ganar la Presidencia: le habla a las mayorías -ignoradas por Peña Nieto, el Congreso y la partitocracia-, se apoya en ellas y denuncia los abusos de las corporaciones nacionales y extranjeras asociadas a Pemex y la CFE. El talón de Aquiles de la reforma de Peña fue su carácter cupular. Bajo el paraguas del Pacto por México (rebautizado por las mismas fuerzas políticas y el sector privado como Va por México), los partidos se echaron en brazos de un Gobierno venal y perdieron sustento social, lo cual se reflejó en las urnas con el triunfo arrollador de Morena.
La apertura de Pemex y la CFE al capital privado ha estimulado la inversión extranjera y nacional en el sector energético y beneficia a los grandes conglomerados, pero no se ha reflejado en el bolsillo de los consumidores. En vez de reducir precios, el Gobierno y los partidos aplicaron «gasolinazos» y «tarifazos» eléctricos; el gas está hoy por las nubes. Peña se despidió con un aumento de 20% en los combustibles. El país estaba inmerso en las fiestas navideñas, pero tomó nota. El «gasolinazo» se respondió con protestas, disturbios, bloqueo de carreteras, toma de expendios y cierre de comercios en 28 estados. Peña Nieto cayó en su propia trampa. «El ajuste en el precio de la gasolina no es resultado ni de la reforma eléctrica ni de la hacendaria; no se debe tampoco a un incremento en los impuestos», declaró para salir del paso. Nadie creyó el embuste de un mandatario cuya popularidad ya estaba por el suelo (el «gasolinazo» desplomó su aprobación al 17%) por incompetente, manipulable y corrupto.
El Presidente pidió a la sociedad escuchar los motivos de la decisión y recurrió al sofisma político del mal menor: «De no haberse tomado, debo decir, serían más dolorosos los efectos y las consecuencias», dijo en un mensaje a la nación. «Comprendo la molestia y el enojo de la población de distintos sectores. Sin duda esta medida es una acción que nadie hubiera querido que se tomara, no es fácil para el Gobierno tomar esta medida. No es el deseo del Presidente ni del Gobierno». Encerrado en Los Pinos, rodeado de tecnócratas igual de venales, arropado por partidos desacreditados y distante siempre de la sociedad, Peña convocó «a una comprensión y a razonar (el) porqué de esta medida. No fue un asunto de orden interno. Esta medida es para cuidar la estabilidad de nuestra economía» (Forbes, 04.01.17), balbuceó, acorralado. La liberalización del precio de los combustibles se estrenó con un «gasolinazo» y volvió odiosa la cacareada reforma salvadora del neoliberalismo, la cual llevó a Peña a la portada de «Time» cuando su Gobierno ya estaba hecho añicos.
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