Usted y yo, como todos los seres humanos, desde el principio de los tiempos, tenemos miedo a morir. Y nuestra muerte, siempre, está en el futuro. Cuando la idea de la muerte entra en la vida del niño, éste deja de sentirse inmortal y se inicia el verdadero proceso de elaboración del temor. Antes de tener consciencia de la muerte, el niño cree que el mundo, su mundo, es eterno, que siempre va a ser como es ahora. Es decir, antes de que inicie a construir la idea de muerte, piensa que solamente se vive en presente.

Al darse cuenta de que la vida es frágil y se puede acabar en cualquier momento, al captar que la vida está dominada por el azar y nada se tiene seguro en la existencia, se pregunta por primera vez qué cosas le pasarán, buenas y malas y cuando va a ser el momento de la propia muerte en el futuro.

Es entonces que empezamos a buscar señales que nos guíen para que nuestras acciones sean más seguras y para que nuestra suerte sea mejor. Porque el futuro, impreciso y sin control, nos causa una angustia que puede llevarnos a la vía de la desesperación o al camino de la sabiduría. Y principiamos a buscar caminos que nos conduzcan con mayor seguridad, que ofrezcan explicaciones claras para poder tomar las mejores decisiones. Así es como nacieron, por una parte, la magia y por otra, la ciencia.

Ya los antiguos egipcios desarrollaron conocimientos que buscaban mostrar el camino que, con ayuda de la sabiduría de los dioses, permitiera a los hombres tener la revelación natural y matemática de todos los secretos de la naturaleza, material y espiritual, para poder dominarla. Así es como Thoth, escribano de las divinidades egipcias, creó un alfabeto en el que las deidades estaban representadas como letras, estas letras eran representadas con ideas, que eran convertibles en números, y los números eran signos perfectos. Con ello formó un libro, el libro de Thoth: el tarot.

El tarot, ese libro mágico que tanta curiosidad ha despertado a lo largo de los tiempos, formado por 22 arcanos mayores y 56 arcanos menores, entró a la cultura universal dando diversos frutos. Los arcanos menores generaron diversos juegos de cartas que, como barajas inglesas o españolas, aun permiten que grandes fortunas cambien de manos, provocando emociones y sobresaltos, haciendo nuevos ricos y pobres en un momento y apasionando a la humanidad.

Ahora bien, los arcanos mayores pretenden abrir una ventana al futuro y ofrecen dar respuestas, exactas como la matemática, medidas como las armonías de la Naturaleza. Tales respuestas son resultado de la variada combinación de los diferentes signos, ocultos y mágicos. Pero su uso requiere considerable ejercicio de la razón para utilizar un instrumento perteneciente a la razón oculta, y se emplean para tener conocimiento en el presente de lo que vendrá en el futuro, deseando dar una respuesta a las angustias que causa el porvenir. Aquel que dice saber su uso le pide al curioso angustiado por el futuro que las baraje, que las distribuya para que, mediante un efecto psicoquinético, revele lo que está oculto, para que le diga en el presente lo que su futuro encierra. Y si quien le lee las cartas es un mercader de la ignorancia, irá diciéndole lo que usted quiere, o teme, escuchar. Desarrollará una lectura de sus temores, sus alegrías, sus penas, sus esperanzas ocultas. Y usted, que tuvo fe en la lectura, sin darse cuenta tratará de cumplir las predicciones y estas se harán realidad.

Pero a la par de la magia, la ciencia desarrolló métodos más reales, no solamente para conocer el futuro, sino para construirlo. La ciencia, con su método basado en la búsqueda de explicaciones verificables, tangibles, es con mucho una más certera y confiable guía para conocer el porvenir. Sin embargo, aún creemos con mayor confianza en los elementos mágicos que en los científicos. Seguimos todavía siendo como ese niño que piensa que la buena fortuna se construye deseándola intensamente, que cierra los ojos ante el peligro creyendo que si no lo ve, no existe ¡Como nos falta aún la educación que sólo la ciencia proporciona!
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