Mi primera queja tiene que ver con el hecho de cómo se vende: el anuncio del elenco marcó un prejuicio, la gente fue conminada a ir a celebrar la reunión de 12 actores famosos de la televisión. Esto, reunir a 12 famosos, no es sinónimo de calidad, tengamos cuidado. La mayoría de las veces significa que si un famoso está haciendo teatro es porque le cerraron las puertas de la tele.
En ese mismo tenor, poco vale que nos la quieran vender con el argumento de que a García Márquez y a López Dóriga les resultó excelente. ¿Desde cuándo son ellos expertos en teatro?
Segundo: teatro y tele no son lo mismo. Miremos de cerca: el pésimo sonido del Teatro de la Ciudad Fernando Soler puso a prueba la voz y dicción de los actores, habilidad fundamental que se desarrolla en teatro gracias a la buena costumbre de no usar micrófono y abrir la boca bien para articular mejor.
Resultado: los parlamentos de Rodarte, Pineda, a veces de Aarón Hernán y López Tarso, fueron como murmullos. Esto no fue sólo un defecto tecnológico.
También, si eres actor y estás en una obra de dos horas donde sólo tienes tres parlamentos, tendrás que buscar una forma para hacer que tu presencia se distinga, que se vuelva
indispensable.
Los silencios, no sólo los parlamentos, hacen al actor. Y en una obra tan poco dinámica, tan monótona e inmóvil, el actor se ve obligado a articular mecanismos que hagan sentir al público miedo, tensión, tristeza, alegría. Todo eso, aunque nada esté pasando.
Y esto se puede hacer: recuerdo “Pájaro Negro”, los soliloquios donde Kate del Castillo recuerda la escena de la violación; los matices que hacen que en algún momento todos simpaticemos con Zurita, el violador. Recuerdo en “La Dama de Negro” cómo Germán Robles puede hacer temblar sin decir “¡Bu!”
En “12 Hombres…”, hay derroche de fama, pero no de aptitudes histriónicas. Marco Uriel fue a calentar la silla; tiene dos parlamentos, casi monosilábicos, para defender a Aarón Hernán. Cuando Rodrigo Murray no tiene parlamentos, nadie lo extraña; es fácil olvidar que Ostrosky está en el escenario; Aarón Hernán también se pierde. Si eso no le pasa a Rodarte es porque todas sus escenas involucran gritos o un conato de pelea.
Creo que esto es un defecto de texto (la obra es bastante mediocre), pero ante eso, el actor tiene la posibilidad de enriquecerlo: para eso interpreta. Un actor puede tener dos diálogos y ya, pero la obra es un microcosmos en el que su personaje es importante tan sólo por estar allí, tiene una función, un deber. El actor debe fijar la presencia de su personaje En esta obra, sólo dos lo lograron: Julio Alemán y Odiseo Bichir.
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