Pocos gobernadores han presentado un último informe en las condiciones que Jorge Torres lo hará mañana. Cuando Francisco José Madero rindió el sexto de la administración 1975-1981, ya había pasado la tormenta. Flores Tapia renunció dos meses antes para no engordarle más el caldo a José López Portillo. Cierto día, en el comedor de su casa, le recordé a don Óscar la invocación que hizo en el Casino de Saltillo, con la mirada al cielo, para que Dios le diera al país otro presidente como JLP. “Pues que bueno que no me escuchó”, dijo, y soltó la carcajada.

Flores Tapia soportó el trago amargo que significó la interrupción de su mandato. Luego sería reconocido como un gran gobernador, por lo menos en Saltillo. En Torreón su nombre aún provoca encono. Madero cubrió sin sobresaltos los tres meses y medio que restaban del sexenio. Aunque en su caso no cargaba pecados que lo pudieran sorprender sin fuero, el hijo del general Raúl Madero recibió como premio un escaño en el Senado.

José de las Fuentes, en uno de sus últimos informes, fue sacudido por las hordas de Navarro Montenegro. En el atrio del Teatro de la Ciudad, donde Torres dará mañana un mensaje –el informe lo entregará en el Congreso–, se armó la de San Quintín. Hubo gritos, golpes, volaron proyectiles. Algo parecido le sucedió a Eliseo Mendoza en Torreón, pero esta vez fue el alcalde de Saltillo, Rosendo Villarreal, quien, al frente de un grupo de agitadores, recurrió a la violencia cuando el Gobernador ingresaba al Teatro Isauro Martínez junto con Andrés Caso, secretario de Comunicaciones.

Rogelio Montemayor, Enrique Martínez y Humberto Moreira no escaparon de algunos reclamos y momentos de tensión y disgusto en sus informes, lo mismo de diputados de oposición –sobre todo del PAN–, que de vividores de la política como Jesús Contreras, líder del partido satélite Primero Coahuila. Otros, como el también diputado Onofre Contreras, igual lo son, pero digamos que tienen mejor suerte y contactos; no siempre recomendables y algunos francamente repulsivos. Por eso quizá se suprimieron los informes ante el Congreso.

Todos esos incidentes e incluso el informe de 1981, fresca todavía la renuncia de Flores Tapia, son menores frente a la circunstancia actual. Jorge Torres tiene una encomienda nada fácil y mucho menos cómoda: persuadir de que el balance del sexenio es positivo. De que hoy “Coahuila es otro” realmente. Los informes de despedida solían ser, por lo común, tersos, relajados. Ya había gobernador electo, no siempre del agrado del saliente; ahora sí. Lo hecho o dejado de hacer –bien o mal– estaba a la vista, el tiempo lo juzgaría. Había tiempo para la reflexión y aun se toleraba la nostalgia.

Pero ningún gobernador había acudido a su última cita con una deuda tan onerosa como la de ahora. El secreto estuvo bajo llave, hasta que se convirtió en escándalo. Y lo peor, con investigaciones en curso por la forma en que se contrajeron algunos pasivos. Cuando Gutiérrez Treviño dio su último informe, en 1975, ignoraba que le heredaría al estado una deuda por quinientos millones de pesos y un litigio con Hacienda. El desempeño de Jorge Torres en el gobierno ha sido bueno. Es el responsable del timón, no de la tormenta (López Portillo “dixit”). El poder es efímero y el juicio de la historia, inapelable. Le consta a Salinas de Gortari, por ejemplo, y a muchos más de su estofa.

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