Esta es la historia del recién fallecido Rodolfo Fogwill, el último maldito de la literatura argentina.
La oveja negra
Rodolfo Enrique Fogwill nació como hijo único en 1941. Estudiante desertor de las carreras de Medicina y Letras, terminó de sociólogo. Desde los 60 hasta entrada la siguiente década trabajó en el mundo de la publicidad, concibiendo infinidad de campañas y eslóganes.
El viraje de timón vino mucho más tarde, cuando con casi 40 años, ganó un concurso de cuento organizado por la Coca-Cola. Fue ahí cuando eligió ser escritor. Envalentonado, publicó algunos libros de poemas y fundó una fugaz editorial: Tierra Baldía, donde publicó autores de la talla de Osvaldo Lamborghini.
Fuckland
Fue a principios de 1983 cuando el escritor de extraña formación (sociólogo, publicista, adicto y editor) después de que su madre mirando la tele le dijera: “Mira, hijito, hundimos un barco”, se encerrara durante unos pocos días para escribir una de las novelas más inquietantes y poderosas de la reciente narrativa latinoamericana: “Los Pichiciegos”.
Y mientras afuera, en el tiempo real de la escritura, los generales de la última junta militar argentina se las veían negras con la inflexibilidad de la entonces ministra Margaret Tatcher, peleando “por honor” una ínfima isla en los confines del mundo —para los sudamericanos eran las Malvinas, para los ingleses, las Falklands. Después de la guerra, los jóvenes sacrificados en esa batalla absurda las bautizaron como las “fucklands” —Fogwill se puso a imaginar a un grupo de desertores fundando una sociedad entre la nieve, el lodo y el miedo. Su minuciosa prosa profetizó la derrota.
Subterráneos
Fue entonces que contó como nadie del pavor y de la autoridad y de la locura. Del frío y de conscriptos extraviados mirando los aviones ingleses como alucinaciones entre el cielo de acero. Al igual que William Golding con “El Señor de las Moscas”, el argentino, a partir de un grupo de apátridas que buscan resolver sus necesidades más elementales como no caer prisioneros o morir de frío y hambre, erigió una portentosa fábula sobre el mal y sobre lo absurdo del patriotismo. Sobre la juventud y la muerte, sobre los podridos cimientos en los que se funda cualquier forma de sociedad.
Después, como si fuera una consigna, Fogwill se dedicó a generar polémica; aceptó la beca Guggenheim, hizo algunas apariciones en cine (“El Artista”, “Rosa Patria”) y a pelearse con todo mundo: con colegas como Ricardo Piglia o Alan Pauls. Contra las Madres de Plaza de Mayo, con los partidiarios del aborto, los promotores del matrimonio gay, y paradójicamente, con quienes apoyaban la legalización de la droga, la adicción con la que luchó toda su vida.
Rodolfo Enrique Fogwill, un escritor portentoso. Un héroe que derribó a mazazos su propia estatua.
Bardo de las bardas
“La sociedad es un texto mal redactado”.
Rodolfo Fogwil
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