Hace ya 160 años que nació en Edimburgo Robert Louis Stevenson, uno de los fabuladores más influyentes en la literatura de todos los tiempos.

Disnea

Rehén de un síndrome común a muchos escritores, el escocés fue arrojado desde la infancia a la vida contemplativa por el sinuoso camino de la enfermedad. Un muchacho común que por seguir el dictado familiar estudió ingeniería para luego definirse por el camino de las leyes.
Fue alrededor de los 20 años cuando los síntomas de la tuberculosis que lo seguiría toda la vida empezaron a manifestarse. En el vendaval de la enfermedad, en un viaje por Francia, conocería al amor de su vida. Una mujer casada originaria de Indianápolis, de nombre Fanny Osbourne. Una aventurera cómo él que regresaría a su país para divorciarse y casarse dos años más tarde con el incipiente escritor.

Convalecencia

La literatura fue el mayor consuelo y la medicina de Stevenson, quien no dejó de escribir ni cuando apenas podía mantenerse en pie. Tuberculosis y alcohol, fueron la combinación que destruiría su cerebro muchos años después.
Y paradójicamente, fue la enfermedad el estado que detonara el territorio mental que comenzó entre las sábanas de la convalecencia para escapar de su habitación, para inventarse otra vida más allá de esa vida de hombre postrado –como un indomable pirata- allende los límites físicos y los traicioneros mapas del cuerpo, como un navegante en el blanco espacio de la primera página del mundo.

Viaje

Así, antes de morir en Samoa a los 44 años –hasta allá iría a visitar su tumba muchos años después un agonizante admirador suyo, el escritor francés Marcel Schwob– Stevenson dejó sus crónicas de viaje, sus ensayos, sus novelas históricas y de aventuras. Su amplia obra tuvo continuidad en autores como el ruso Joseph Conrad, los ingleses Chesterton y Herbert George Wells, y en ese escritor argentino partido en dos: Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges.
Stevenson fue un viajero de la mente, un aventurero de la fabulación. En su novela “El extraño caso del Dr Jekyll & Mr Hyde” habló entre otras cosas de la escisión de la personalidad, como sublimando en esa oscura fabulación el drama del hombre derrotado por la enfermedad que era y el aventurero incansable que siempre quiso ser.
Eligiendo la literatura como una indomable nave para un viajero inmóvil.

Bardo de las bardas

”Entonces, ¿quién o quiénes le quitaron a esa chica el deseo de disfrutar con un libro, dejándole sólo la obligación de aprender? ¿Aprender qué, además? ¿Sociología, semiótica y semiología, estructuralismo, sentido y forma, relaciones metalingüísticas, perspectiva exógena y estructura interna?
¿Quieres un consejo? Tira por la borda ese cuaderno y ese bolígrafo y ponte a leer, sobre estas rodillas sojuzgadas de estudiante aplicada, y con ojos infantiles a ser posible, renovada la capacidad de asombro, el sentido de la vida y la imaginación penetrante, otra vez, ‘La Isla del Tesoro’. Callarán los bobos tambores eruditos y recobrarás el tesoro de leer.”


Juan Marsé
Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb