Desde luego, algunos optaron por prepararse para enfrentar el creciente fenómeno; otros, en cambio, optaron por seguir las líneas de la política “a la antigüita”, con contactos masivos y discursos rimbombantes elaborados por un selecto grupo de escritores con más conocimiento sobre el perfil del personaje a quien sirven que de la geopolítica nacional. Ya sabemos que Andrés Manuel López Obrador, el mexicano inmerso en la campaña presidencial más larga de la historia –lleva, cuando menos, desde 2005 en esa tarea-, no cambiará aun cuando suene más dulce con el estribillo de la “república amorosa” como signo de reconciliación después de haber lanzado patadas a tutiplén para tener eco en algunos noticiarios y diarios en donde no pocos columnistas siguen creyendo en él y su disposición por encabezar, de nueva cuenta, una seria cruzada por los pobres.
En otra perspectiva, Enrique Peña Nieto, a quien le repiten al oído que su ventaja es irremontable aun cuando se mantenga dando traspiés políticos, sociales, de género y culturales, difundidos con ansiedad por los twuitteros al servicio del aparato gubernamental, parece ir perdiendo en el terreno sobre el cual se encumbro: el mediático. Y ello no precisamente por haberse enemistado con los muy poderosos accionistas de las grandes empresas de comunicación masiva –como algunos creen a la ligera, sin percibir que ciertas, estudiadas críticas tienen cariz de camuflaje-, sino porque, de plano, va perdiendo considerablemente la guerra en los espacios cibernéticos en donde cuanto hacen –él y los suyos- es comidilla de cada día. De allí la infortunada frase de su hijita, Paulina, sobre la “prole” y la distancia de que de ésta separa a la que ya se siente “primera familia”.
En menos de una semana, a Peña se le ha presentado como ignorante –al citar equivocadamente dos textos de uso político frecuente y no comprometedores ideológicamente ni en cuanto al ejercicio crítico-, como padre rebasado incapaz de inducir a los suyos el amor por el proletariado nacional, obviamente mayoritario, y esposo marginado de las tareas del hogar y, como tal, ignorante de los precios de las tortillas. Además, como un desaprensivo político que no recuerda siquiera el monto de los salarios mínimos... ni recuerda –esto lo agrega este columnista- los sinuosos hechos que rodearon la muerte, acaso por negligencia, de Mónica Pretelini, su primera esposa. De esto último hay pruebas fehacientes.
Ni una sola andanada ha podido eludir aun cuando sus operarios de cabecera lo tranquilizan asegurándole que su ventaja, en cuanto a las encuestas por contrato, no ha mermado un ápice. Así solían repetírselo a Andrés Manuel, en 2006, hasta que el PAN apareció, de pronto, encaramado en un plano similar y en ascenso desatando, entonces, las sospechas, acusaciones y toda suerte de descalificaciones al proceso electoral. Pero, para infortunio de la mayoría, que no votó por el PAN, el daño ya estaba hecho y bastó con jugar con una franja de un millón de votantes, escondidos en los escenarios rurales controlados por la oficialidad, para modificar los escrutinios finales y la historia del país con la consiguiente satisfacción de los beneficiarios del continuismo, entre ellos los grandes corporativos del exterior, sobre todo hispanos.
Resulta que el PAN tiene un cuarto de guerra excelentemente pertrechado; y sus adversarios siguen jugando al viejo estilo de la política, sin tomar en cuenta, insisto, la tremenda influencia de las redes sociales que están marcando otras pautas en la vida social y política del país. Además, como ya adelantamos, es evidente que tendrán un papel protagónico durante la jornada electoral y para ello experimentan acciones, como las muy conocidas en Veracruz, sin soslayo de caer en delitos tipificados y otros más que no han sido considerados, como el terrorismo cibernético, cuyos saldos pueden ser tremendos a la hora final de un proceso comicial a desarrollarse en medio de un escenario contaminado por la crisis económica, las disputas internas del poder, las asechanzas del gigante estadounidense y, sobre todo, los intereses del narcotráfico que con tanta vehemencia ocultan o protegen algunos de los políticos de mayor calado en México, acaso algunos de quienes no alcanzaron, por distintos motivos, situarse en los equipos “ganadores” de cada partido.
Debate
Debemos insistir en un punto cuya importancia va creciendo a medida que transcurren los acontecimientos y los frecuentes dislates de los “casi” candidatos, incluyendo a los panistas que creen tener la fórmula mágica para remontar encuestas y deshacer entuertos. Los efectos evidentes de la exclusión de algunos personajes de alto vuelo, en cada partido político, también tiene peso específico ante la oleada de dislates y las coberturas a través de las redes sociales. La cacería está a plenitud y cada postulante es la zorra, a la manera de los ingleses, no a la de los mexicanos que si traducimos nos encontramos con un apellido indeseable, “Fox”.
Por ejemplo, la claudicación de Alonso Lujambio –muy a tiempo si consideramos que enfermó gravemente aun cuando se haya recuperado tras un mes de terapia intensiva-, significó para el PAN el alejamiento, creemos definitivo, de Elba Esther Gordillo, la insondable y maquiavélica dirigente del SNTE, quien le alzó la mano a Calderón mientras llovían los epítetos por el desaseo de los comicios de 2006. Sin esta fuerza es indiscutible que Acción Nacional quedó mermado, sobre todo en cuanto a la capacidad alquimista dispuesta para alterar algunos puntos porcentuales finales.
Por otra parte, la ponderada “fidelidad” de Marcelo Ebrard Casaubón, en el PRD y las izquierdas unidas, puede tener una doble lectura a partir de las dificultades de López Obrador por recuperar su credibilidad con un discurso cursi en el que nadie, con buen juicio, se anima a apostar sin detrimento, insisto, de los valores personales y políticos del personaje. Ebrard parecía un hombre para los nuevos tiempos –en donde las modas en pro de homosexuales y lesbianas forman entorno-, y Andrés Manuel sigue oliendo a pasado.
Finalmente, para muchos, la marginación como aspirante del PRI de Manlio Fabio Beltrones es poco menos que un desastre a sabiendas del conocimiento profundo de éste sobre las reglas y los vericuetos de nuestro sistema político. Si alguien sabe cómo actuar ante las mafias organizadas es él, sin duda, como derivación de las enseñanzas de su viejo maestro, el “legendario” Fernando Gutiérrez Barrios. Sólo algunos insisten en que Beltrones, sin remedio, acabará siendo el poder tras el trono... salvo si un contratiempo mayor se atraviesa, como ya le sucedió a Humberto Moreira en la presidencia del PRI, para modificar momios y circunstancias.
De una manera u otra, se antoja un tremendo desperdicio en cada uno de los institutos políticos con capacidades reales para gobernar a partir de diciembre de 2012. Y ya lo estamos sopesando en plena “precampaña”, con los panistas bajo los reflectores y sus adversarios sufriendo con las intrigas, chismes y coberturas de los “twitteros”.
LA REPRESIÓN CONTINÚA A TRAVÉS DE LOS ESPACIOS CIBERNÉTICOS Y POR OBRA DE LOS OPERARIOS AL SERVICIO DE LA SECRETARÍA DE SEGURIDAD PÚBLICA. SIGO SIN ACCEDER A MIS CUENTAS Y SIN POSIBILIDAD DE CREAR OTRAS. ¿Y LA FISCALÍA?
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