Más de un cuarto de siglo media entre los Congresos que Eliseo Mendoza Berrueto ha presidido. El primero correspondió a la 53 Legislatura federal, cuya Gran Comisión cedió a Nicolás Reynés, en mayo de 1987, cuando el PRI lo postuló para el Gobierno de Coahuila. El segundo lo iniciará pasado mañana, 1 de enero, como pastor de la 59 Legislatura del estado. Ser líder a los 80 años de un poder local, después de haberlo sido a los 54 de la Cámara de Diputados, constituye una proeza. Máxime ahora que muchos políticos llegan los 40 o 50 convertidos en piltrafa.

Es también el reconocimiento de un partido a la carrera de un hombre decente en el servicio público, que parece no acabar, y a la necesidad de actuar políticamente con buen juicio. Como todos en su caso, Mendoza tiene simpatizantes y detractores. Quien no lo asuma así, la política, arte por antonomasia de “comer sapos sin hacer gestos”, lo hará infeliz o arruinará su estómago. Las legislaturas 53 y 59 ocupan las antípodas del espacio-tiempo. Si aquella prestigió a su presidente, esta puede restárselo. Dependerá de su talento, de su carácter y de cómo desee ser recordado.

La Cámara baja que cubrió la segunda parte del sexenio de Miguel de la Madrid, era un crisol ideológico, más por la oposición que por la fuerza dominante. Entre los diputados del PRI figuraban Luis Donaldo Colosio, Beatriz Paredes, Diego Valadés, Ortiz Arana, Murillo Karam; por el PAN, José Ángel Conchello, Juan de Dios Castro, González Schmall, Altamirano Dimas; y por las izquierdas, que unidas pondrían en jaque al PRI en las presidenciales de 1988, Heberto Castillo, Rosario Ibarra de Piedra, Martínez Verdugo, Hernández Juárez, Jorge Alcocer, Eraclio Zepeda, Danzós Palomino, Demetrio Vallejo –sustituido por Alejandro Encinas–, Eduardo Valles “el Búho” y Pablo Pascual Moncayo.

Recién instalada esa Legislatura, el 1 de septiembre de 1985, sobrevino el temblor que presagió el final del PRI como dueño del poder absoluto. Mucho contribuyó en ese proceso la fusión de la izquierda comunista radical (PSUM, PRT) y la izquierda socialista moderada (el ala escindida del PRI con Cuauhtémoc Cárdenas, Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez a la cabeza). El Congreso contaba entonces con 400 diputados –300 de mayoría y 100 de representación proporcional–, divididos en nueve grupos parlamentarios: PAN, PRI, PPS, PDM, PSUM, PST, PRT, PARM y PMT. El pluralismo enriqueció el debate y socavó, para bien de la República, las bases del presidencialismo autoritario.

La Legislatura que inicie este domingo, segunda a cargo de Eliseo Mendoza, será pequeña no solo en número, también de estatura. Veinticinco diputados: 19 de distrito y nueve plurinominales. Dieciocho son del PRI, más los que sin serlo actúan con mayor celo y denuedo, anuncian un Congreso lineal, sin discusión, vacuo, intelectualmente pobre. ¿Dónde están las lumbreras?

La oposición, para efectos prácticos, se reducirá a tres diputados, un tercio de su tamaño actual. La izquierda real no estará representada. ¿Será un día de campo, pues, para su líder, si nos remitimos a las mentes que poblaron la Cámara que presidió entre 1985 y 1987? Suponerlo así sería un error, pues esta vez la presión vendrá de fuera: de la sociedad que se manifiesta en las calles.

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