Otro misterio de la fama: ¿Por qué autores como Paul Auster o Phillip Roth son más conocidos para el lector hispano que la gigantesca obra del imprescindible Don DeLillo? ¿Será que los dos primeros son rabiosamente contemporáneos y el segundo participa de lo atemporal?

El hoy y el ayer

Ayer se cumplió justo una década de los atentados terroristas al corazón blanco de América.

Un plan elaborado por una mente diabólica y también viraje radical de numerosas concepciones acerca del mundo. Hasta entonces, nunca nadie había considerado los factores de la arquitectura y el transporte de pasajeros como un arma de destrucción masiva. El asesinato multitudinario concebido como parte de un elocuente y oscuro discurso.
El mundo ha cambiado demasiado desde entonces.
Y mucho se ha escrito también.

Pero sólo un escritor como el que nos ocupa ha sido capaz de escribir una portentosa novela acerca de ello.
El hombre del salto

A partir de la imagen de un hombre lanzado a la más terrible de las elecciones –morir quemado en las torres colapsadas o lanzarse al vacío– el autor neoyorquino desenreda la intriga y la reflexión a propósito de temas constantes a su inmensa obra: el derrumbe de los valores individuales, la pérdida de rumbo de una sociedad. La fragilidad de la civilización misma. Y quizá uno de sus mayores méritos sea utilizar la tragedia sólo para contextualizar y narrar la sacudida vital de un individuo en el vórtice mismo de dicha fractura histórica.

Desde una perspectiva narrativa, confrontar el trauma masivo, la paranoia imperante, y el shock anímico y visual de aquel martes negro debe de haber sido un reto mayúsculo. El choque de esas dos naves contra las estructuras de acero y cristal –símbolo del poder financiero y cultural de occidente– aun no pueden abordarse con el rigor que daría una distancia temporal, al menos para un narrador común –remítase a la fallida cinta de Oliver Stone. Pero no para Don DeLillo.

Prosa y blasfemia

Quizá una de las razones por las que “el gran público” no conecte con la narrativa de este autor americano es que salvo ciertas excepciones, vivimos una especie de siglo diecinueve en lo literario: Hugo, Dostoievski, Flaubert, siguen marcando la pauta. En esta especie de asincronía es razonable la incapacidad de procesar a un autor que ha contado en sus novelas lo mismo cincuenta años de una nación –“Submundo”– que una trama acontecida en un solo día (“Cosmópolis”, en planes para ser adaptada al cine por David Cronemberg).
A DeLillo no le interesan los recursos comunes de la novela: el trazo psicológico, los antecedentes de un suceso. El futuro es una materia maleable y la realidad una red hecha de sucesos sin conexión aparente. En ese continuum todo aparece y desaparece. Una entropía que lo mismo se yergue como se deshace.

DeLillo es el novelista del presente que al momento mismo de nombrarse ya no es, es decir, una voz proyectada hacia un futuro que tal vez no alcancemos a ver.

Bardo de las bardas

“El dinero ha perdido sus cualidades narrativas, tal como sucediera en la pintura hace tiempo. El dinero habla sólo para sí mismo”.
Don DeLillo

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