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Para María Alfaro, con gratitud

La pregunta esencial en la siguiente historia parece ser:

¿Puede uno vivir solamente dentro de su cabeza?
Henry Darger era el conserje más antiguo en el hospital St. Joseph de Chicago. Los empleados lo recordaban como un viejo amargado y silencioso que gastaba su tiempo hurgando en la basura.

Vivía en una habitación de la calle Webster, del barrio de Lincoln Park; iba devotamente a misa y ante los ojos de los vecinos, parecía el hombre más solitario y apático del planeta. Nadie sabía que desde 1909 estaba absorto en un proyecto artístico de proporciones demenciales. Encerrado entre su colección de pelotas, montones de periódicos y botellas de Pepto-Bismol construyó su estrambótico universo: un reino donde virtuosas niñas se enfrentaban a mares enfurecidos y ejércitos sanguinarios. Darger lo mantuvo ahí, oculto durante más de 40 años.

Desde los ocho años había sido internado en un colegio católico, donde se trenzaba en largas discusiones sobre la Guerra Civil con sus maestros y entraba en trance mirando la forma de las nubes. Fue allí cuando sus compañeros lo apodaron “El Loco”. A los 12 años fue enviado a un asilo para débiles mentales y cinco años después, luego de varios intentos, logró fugarse a Chicago.
Tenía 18 años cuando comenzó a escribir su novela.

Meses antes de morir a los 81, en 1973, le avisó a su casero que necesitaba mudarse: sus piernas no podían subir más la escalera, gruñó. Entonces, entre los restos que aquel viejo había abandonado, dejando instrucciones de que “lo echaran todo a la basura”, apareció lo que uno de los hombres encargados de la mudanza llamó “un libro para un gigante”. Era la obra de su vida, “The Realms of the Unreal”: doce volúmenes, más de 15 mil páginas (escritas a máquina y sin espacio entre líneas) de una prosa hipnótica, además de cientos de acuarelas que conforman una obra de proporciones bíblicas, protagonizada por siete hermanas que sacrifican su inocencia para luchar contra los ejércitos del mal que dominan al mundo.

Con una avalancha de inquietante violencia poética, aquel solitario de Chicago utilizó durante décadas el collage, la acuarela e inéditas técnicas mixtas para generar una de las obras más extrañas y originales del siglo: jardines edénicos, dragones, mapas, banderas, retratos de generales y panorámicas de batallas. Como un cuento para niños entre mares de sangre. El impacto fue inmediato: en especial, el inusitado estilo de cientos de acuarelas pintadas sobre rollos de hasta cuatro metros que ilustran su historia. La interminable saga de las hermanas Vivian y el manejo de colores que van del fluorescente al pastel dan a las imágenes un aire Renacentista mezclada con visiones de LSD.

Mirar las ilustraciones de Darger es como entrar en trance. Imágenes que se desmarcan de los muros de un subconsciente angustiado, debatido entre la
felicidad creativa sin límites y los tormentos de la razón y el aislamiento.

“Los Reinos de lo Irreal” fue el fabuloso mundo de Henry Darger, un universo de puertas adentro.

Afuera nadie lo conocía. Era tan solo el loco del barrio, un extraño hombre que respondía con un seco gruñido a los saludos de sus vecinos.

Recuerdo hoy a este hombre y su delirante búsqueda, su entrega enfermiza a un proyecto de creación; la voluntad inquebrantable de crear un universo propio, la fidelidad a una obsesión artística, el cultivo de un portentoso jardín interior, mientras atestiguo pasmado la farándula provinciana, el hambre de reflectores, las poses de tantos aspirantes a artistas sin voluntad ni talento, sin ideas ni disciplina,, sumergidos como las niñas de Darger en un gigantesco libro de caras, presos de una torpe vanidad sin argumentos.
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