La Madre Teresa de Calcuta decía: “Pienso que hoy el mundo está de cabeza, y está sufriendo tanto porque hay tan poquito amor en el hogar y en la vida de familia. No se dedica suficiente tiempo a nuestros niños, ni a la convivencia familiar. Los padres se dedican muy poco a los hijos; en el hogar sediento de amor comienza el rompimiento de la paz, e inicia la violencia en el mundo”.

Los crímenes más horrendos tienen lugar en privado. La ‘violencia privada’ es la crueldad que se ejercita sobre los seres más cercanos, más vulnerables, menos capacitados o dispuestos a defenderse de los atacantes: La pesadilla de horror que vive la gente bajo el mismo techo, aquella que se ha profesado amor mutuo y que viola las relaciones humanas más íntimas.

La violencia privada es diferente a la violencia pública, y también sus motivos. Los motivos de la violencia pública: Injusticia, rebeldía, avaricia, odio, venganza, no son los mismos motivos de quienes abusan de los niños, y golpean y violan a sus mujeres. ¿Cómo explicar actos de brutalidad tan personales y, por lo mismo, tan inquietantes?

Se cree que sólo una de cada diez violaciones dentro del hogar es reportada a la Policía. Pero puede ser una de cada 25; tal vez 100; ¿o quizá un millar? ¿Quién puede saberlo? Se desconoce el número exacto de víctimas. Son crímenes que se cometen en privado. La violencia privada es un asunto de vergüenza, gritos silenciosos, lágrimas no vertidas. Estos crímenes, por su extraña naturaleza, producen en sus víctimas más humillación que cólera.

Históricamente, el ser golpeada o violada por el marido era terriblemente difícil de soportar, pero era aún más terrible el que “la gente lo supiera”. Las víctimas callaban. Lo mismo sucedía con el incesto y, particularmente, en la crianza de los niños. No importaban los métodos de extrema crueldad con que se les “educara”: Golpes y azotes pertenecían al ámbito de “lo privado”.

Hoy los secretos sucios ya no se guardan dentro de las paredes de las casas. Las víctimas de la violencia privada se atreven a hablar: Saben que la sociedad empieza a tener oídos sensibles a su terrible desventura. Aun así, violencia familiar, violación e incesto, son temas bastante incómodos: Preferible no mencionarlos. Pero lo indecible debe decirse, por ignominioso que sea. Mientras estos actos permanezcan ocultos, conservarán su increíble poder letal.

Despacio, muy despacito, han surgido centros para atender a las víctimas de violación, y albergues para niños y mujeres maltratados. El mundo recién ha tomado consciencia de la tremenda depravación que se oculta tras las paredes pintadas de blanco de muchos de los hogares, en todos los países de la Tierra.

Hace cuatro mil años, el Código de Hamurabi dejó gravado en piedra el status inferior que la cultura de la época asignaba a la mujer. Cuando una mujer era violada, sufría la misma suerte que su atacante: Ambos eran amarrados y ahogados en el río. “Si fue violada es porque ella se lo buscó”. A través de los milenios, las leyes continuaron presuponiendo que las víctimas de violación en cierta forma eran culpables. La mujer violada debía probar con heridas físicas que había tratado de resistir el ataque. El trauma sicológico no era suficiente. Hasta nuestros días, los abogados defensores de violadores gustan repetir la celebrada frase de Balzac: “No se puede ensartar una aguja a menos que la aguja permanezca quieta”. (Consentimiento imputable...) Poco importa que la víctima haya tenido un puñal al cuello.

No hay lugar más violento que el hogar. Más de la mitad de las violaciones y crímenes pasionales ocurren bajo su techo. Mujeres, niñas, niños y jóvenes son sexualmente atacados en privado por parientes o amigos de la familia, tanto en la más modesta choza, como en el más ostentoso palacete. Lo peor de la violencia familiar es que se reproduce geométricamente, como planta ponzoñosa que lanzara esporas por doquier. El marido golpea a la esposa. Ella maltrata a los hijos. Los hijos se tornan violentos y se ensañan con los hermanos pequeños. Éstos dan de patadas al perro y al gato. Cuando los hijos crecen se convierten en golpeadores y violadores. Y el círculo se multiplica hasta el infinito. Las familias violentas generan sociedades violentas.

Mientras cómicos y caricaturistas arrancan sonoras carcajadas con el tema de la violencia familiar, airados reformadores y reformadoras sociales con sus incendiarios discursos provocan el deseo de castrar a los violadores. El problema de la violencia familiar no es motivo de risa ni de odio. Es un problema social que debe solucionarse. Con la cabeza. (Continuará).



.(JavaScript must be enabled to view this email address)
Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb