En la mayoría de los países del mundo la violencia privada que se vive dentro de la intimidad del hogar es tan común que nadie la considera un problema. Es el pan nuestro de cada día. Las propias víctimas frecuentemente se consideran merecedoras del trato infrahumano de que son objeto: El “yo lo provoqué” o “me pega porque me quiere” forman parte de los esquemas mentales de las personas maltratadas.
La personalidad de un golpeador es tan compleja que él mismo desconoce la causa por la que compulsivamente agrede a sus seres queridos. Un miembro de “Padres Anónimos” en proceso de rehabilitación relató entre ahogados sollozos que había golpeado a su esposa, tanto, que la dejó tirada en un charco de sangre: La vagina desgarrada, la mandíbula y nariz rotas, las costillas, una pierna. Después la estrechó entre sus brazos y le pidió perdón cubriéndola de besos: “Mis lágrimas se mezclaban con la sangre de su rostro, y sentía amarla de verdad”.
Cuando la llevó al hospital declaró que su esposa había sido atacada por un ladrón. El expediente médico mostraba once ataques similares en tres años. La mujer callaba. Era demasiado el terror. ¿Adónde podía ir con sus niños? Hacía tiempo que rehuía a familiares y amistades, era muy penosa su condición, y los continuos golpes y moretones eran demasiado obvios. El temperamento del marido oscilaba entre ataques de ternura desbordante para convertirse en violencia inaudita unos minutos después. El último ataque fue brutal; casi muere en la mesa de operaciones.
Los niños corrían la misma suerte. “El niño se cayó de la escalera”. Ni médicos, enfermeras, trabajadores sociales o maestros tuvieron el interés suficiente para advertir que se trataba de víctimas de violencia privada. La mayor parte de las víctimas se sienten sicológicamente impedidas para huir de esa situación aunque implique peligro de muerte para ellas y sus hijos.
La inestabilidad emocional es parte del problema del golpeador. Otro aspecto es el deseo compulsivo de ejercer control absoluto sobre los suyos. El profundo sentimiento de inseguridad característico de los golpeadores, es una de las principales causas de los crímenes que se cometen en privado.
Mientras las ciudades se tornan cada día más violentas, y los actos de sus ciudadanos más crueles, las cárceles se saturan de delincuentes y criminales más allá de su capacidad. Dentro del penal la gran mayoría de individuos no se rehabilitan: Conocen grados aún más exagerados de depravación. Cuando salen del reclusorio los sentimientos de odio acumulados en cautiverio explotan en manifestaciones terribles de comportamiento social.
En muchas partes del mundo se acostumbra la pena de muerte para este tipo de “criminales desalmados”. La pena de muerte es otra manifestación de la insensibilidad de los gobiernos hacia el origen de la criminalidad y del terrorismo de nuestros días: Los monstruosos actos que se cometen en privado. La solución no es: “Si sale malo, mátalo”, sino encontrar una fórmula para que no salga malo. El 90% de los “criminales desalmados” fueron atacados de niños: son producto de sociedades enfermas que han silenciado explícitamente las protestas de las víctimas y cuyos sistemas médicos y legales han permanecido indiferentes ante la magnitud de su desventura.
Lo que es urgente construir no son más cárceles, sino centros y albergues para socorrer a las víctimas de la violencia privada, y organismos de apoyo para rehabilitar a los agresores. Es imperativo romper el círculo de la violencia. No es sólo problema gubernamental, sino ciudadano. Gente que olvide limitaciones políticas, de raza, estatus social, ideología, para trabajar unida en el rescate de los que no tienen voz.
“RAVEN”, “Padres Anónimos”, “Padres Unidos”, son organizaciones internacionales que han nacido para enfrentar el problema. Numerosos centros empiezan a formarse en el mundo para ofrecer refugio, servicios médicos, sicológicos, jurídicos y espirituales a las víctimas. Se ha tomado consciencia en México de que sólo el trabajo conjunto logrará atacar de raíz el terrible estigma de la violencia que se da en privado y que se propaga en todos los ámbitos de la sociedad.
El odio y la violencia son sólo manifestaciones de un amor distorsionado. El amor, en realidad, no muere nunca. Está tatuado desde el principio de los tiempos en el corazón humano. Pero es necesario crear los ambientes adecuados para su resurgimiento.
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