El gran Keynes, que sabía de economía casi tanto como un ama de casa, solía decir que las predicciones de los economistas sobre el comportamiento de los fenómenos económicos tienen la misma base y la misma certidumbre que los vaticinios que los arúspices de la antigüedad hacían tras observar las entrañas de las aves. Lo mismo, digo yo, puede decirse de las encuestas en política. Hay que tomarlas siempre cum grano salis, es decir con reservas. Me asombró ver los últimos números sobre la posición que guardan los precandidatos a la Presidencia en el mercado electoral. Pensé que el grave tropezón de Peña Nieto en la Feria del Libro de Guadalajara, y sus secuencias, le costarían muchos puntos al abanderado priísta. Dos o tres le costaron, nada más. Supuse igualmente que López Obrador habría avanzado en la consideración de los votantes, por su tenaz ubicuidad.
No presenta en verdad mayor avance: Al parecer su repentino cambio de actitud -de belicoso jaque de barriada a dulce Hermanita de la Caridad- no ha convencido a muchos, y sigue en último lugar en las encuestas. Tampoco el PAN ha añadido puntos a su contabilidad. Se mantiene en segundo sitio, a mucha distancia del puntero, y puede caer al último si los panistas acatan los designios presidencialistas y no eligen como su candidata a Josefina Vázquez Mota, única que puede dar la batalla, y aun con buenas posibilidades de éxito, a aquellos dos señores. Sin embargo falta mucho camino aún por recorrer. Las encuestas son un indicador provisional, no providencial. Se atribuye a Yogi Berra un viejo dicho del béisbol: “Esto no se acaba sino hasta que se acaba”. En el caso que nos ocupa, el de la carrera presidencial, esto no comienza sino hasta que comienza. Un tipo fue al hospital a que le hicieran la circuncisión. Por desgracia el bisturí del cirujano cortó más de lo debido. Con mucha pena el facultativo le informó al paciente que su parte de varón había quedado inutilizada. “¡Qué barbaridad! -clamó el desventurado-. ¿Significa eso que ya nunca tendré una erección?”. “Podrá tener todas las que quiera -le asegura el médico-. Pero no serán suyas”.
Otro sujeto, hombre ignorante, sin educación, fue con un médico a que le practicara la vasectomía, pues no quería ya tener un hijo más. Cuando supo lo que la operación le iba a costar manifestó: “No tengo ese dinero. Dispongo sólo de 50 pesos”. Le dice el facultativo: “Hay una forma económica para evitar que siga usted engendrando hijos, pero puede resultar algo dolorosa”. “Si el procedimiento es barato el dolor no me importa -contesta el rudo individuo-. ¿Cuál es ese medio?”. Le indica el galeno: “Cómprese un cohetón de los más grandes, de 50 pesos, y sosténgalo al mismo tiempo que cuenta hasta 10”. Siguió el ineducado la recomendación. Se compró aquel formidable cohete, lo llevó a su casa, y teniéndolo en la mano empezó a contar con los dedos: “Uno, dos, tres cuatro, cinco.”. Para poder seguir contando se puso el cohetón entre las piernas y. ¡pum!... FIN.
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