Como inicio está esa estupenda leyenda urbana que cuenta la aventura de un joven que, seducido por una guapa chica, ésta lo embriaga y lo conduce a un hotel con la promesa de múltiples placeres, pero despierta, solo y agotado, en una bañera y se da cuenta que ya no tiene un riñón.
Un mito que aún mantiene su fuerza es el de los niños índigo. El movimiento de los niños índigo surge en los 70, con una vidente norteamericana llamada Nancy Ann Tape, que identificaba las características de la personalidad mediante el aura y asumió que los niños con trastorno de déficit de atención con hiperactividad tenían el aura de este color porque eran seres superdotados y afirmaba que el color de su aura se debía a que eran poseedores de genes de seres de otros mundos. Claro que a los padres de esos niños les es más fácil aceptar que son producto de una mutación extraterrestre que chicos con un problema real.
Otro mito muy vendible es el del poder del feng shui, que parte de la idea de que la armonía de la naturaleza está determinada por la presencia de dos fuerzas mágicas, el Chi y el Sha, que no pueden ser detectadas por ningún instrumento de medición desarrollado por la ciencia, pero sí por los maestros de feng shui, que con sus sensores metafísicos, a mil 500 pesos la hora, pueden poner en armonía cuerpos humanos, habitaciones y casas completas.
Y ahora otra maravilla: el poder milagroso que tiene la figura de cera de Juan Pablo II, sosteniendo en su pecho una cruz que contiene una unidad de su sangre, que fue tomada durante el último internamiento hospitalario antes de su deceso el 2 de abril del 2005. Cientos de miles de personas, a lo largo de la república, se acercarán con veneración a la imagen y besarán el cristal que cubre a la figura, con devoción y fe, convencidos de que la cercanía de la sangre del beato los curará de sus enfermedades o les concederá el milagro que necesitan para mejorar su calidad de vida, resolviéndoles ese problema que los agobia.
Pareciera que es universal la inclinación a creer en mitos y milagros, y esto es porque provoca mucho placer escapar a la realidad, por lo menos temporalmente, mediante el pensamiento mágico infantil, que no necesita pruebas para creer lo que quiere creer. Cuando maduramos y nos hacemos adultos, exigimos que aquello que nos dicen sea demostrado, pero el pensamiento ingenuo, infantil, se apresura a dar al objeto mágico la preferencia sobre el médico, cree en la afirmación del milagro mientras adormece la crítica, falsea las percepciones y confirma que ha obtenido la salud o resuelto el problema con la cercanía de la substancia santa.
¿Por qué una parte de los creyentes sí pudieran obtener resultados con estos actos mágicos? Por el llamado “efecto placebo”, que aprovecha la fuerza de la sugestión que activa el sistema inmunológico, tan importante en la cura de las enfermedades y en la recuperación de la salud. Un 34% de los fieles serán sujetos a obtener mejoría en su estado de salud, con la sola condición de que crean que van a ser curados. Si tienen fe ciega en el objeto y su sintomatología es reversible, van a obtener el beneficio que cualquier medicamento inerte también podría proporcionarles, aumentando el prestigio de este querido personaje que, seguramente muy pronto, será canonizado por la vía de las virtudes heroicas y la realización confirmada de los milagros de recuperación de la salud en algunos fieles.
Las leyes de la naturaleza no se modifican, por mucho que haya rezos y oraciones colectivas para que pasen milagros. Las leyes naturales existen independientemente de nuestra voluntad, pero es necesario el conocimiento científico de la fuerza y ocurrencia de estas leyes para que podamos utilizarlas en provecho del avance humano. Y la ingenuidad, como en estos casos, no será de mucha ayuda.
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