Solo que, como en todo, existen grados y límites. El partidismo y el abuso de poder que ejercen las distintas fuerzas constituye uno de los males que determinan la calidad de la democracia y el atraso de países como el nuestro. El argumento de que si no se asignan cuotas de poder a determinadas minorías, estas marcharán de nuevo a las montañas para desde ahí, por las armas, reclamar espacios, es un mito. Ocurrió en el pasado, cuando el comunismo fue proscrito, el autoritarismo era la marca de la casa, el país no tenía ventanas para ver hacia el exterior ni ser visto desde fuera y la democracia era una quimera.
Los partidos en México deberían limitarse a tres: PAN, PRI y PRD, citados en estricto orden de registro. Aunque el segundo es el más antiguo, su actual denominación data de 1946 con el arribo de Alemán a la Presidencia. Los otros sobran, no se justifican. El PT, concesionado de por vida a Alberto Anaya por los Salinas de Gortari; el Verde, negocio de los González Torres y González Martínez, lo mismo que el Panal lo es de Elba Esther Gordillo, dueña del SNTE; y Movimiento Ciudadano (antes Convergencia), fundado por el también ex priísta Dante Delgado, son satélites de aquellos.
La partitocracia ha impuesto su ley. El país está sujeto a los intereses y estado de ánimo de las burocracias partidistas cuyos candidatos, legisladores y gobiernos piensan como políticos, en la siguiente elección; no como estadistas, en la próxima generación, según separaba el canciller alemán Bismarck a los espíritus mediocres y a los elevados. En México, por desgracia, predominan los primeros, siempre en espera de la elección inmediata para acumular más poder, riqueza. Y claro, impunidad que libre a muchos de la cárcel. Para las elecciones de este año, los partidos y la autoridad que los solapa, el IFE, absorberán más de veinte mil millones de pesos, que mucha falta hacen en educación, salud, cultura, carreteras.
El mundo cambiará, no por los políticos, sino por la sociedad, como bien apunta el poeta Javier Sicilia. Los partidos generan división, conflictos. El Verde Ecologista es arquetípico: sus credenciales son el nepotismo, la corrupción, la vulgaridad, el descaro. Los demás arrastran los mismos vicios, pero a veces se cuidan de no exhibirlos con las mismas dosis de cinismo. La reforma política que el país necesita tendrá que empujarla la ciudadanía en las calles, en las plazas y en las urnas, con su indignación y con su voto. Solo entonces México se liberará de una parte de la escoria que lo lastra.
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