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La palabra escotoma proviene del griego antiguo skótos, que significa tinieblas u oscuridad. Se define como una zona de ceguera parcial, temporal o permanente. Puede ser un escotoma normal en gente sana como lo es el del punto ciego ocular o puede ser patológico, debido a una lesión de la retina, del nervio óptico, de las áreas visuales del cerebro o por una alteración vascular presente, por ejemplo, durante ataques de migraña.

Como muchos padecimientos, es posible acostumbrarse a un escotoma tanto que casi olvidamos que existe. La aceptamos como parte de la realidad. Tanto en las organizaciones como en la vida personal, muchos de los problemas se convierten en parte del entorno y cultura y se aceptan como males necesarios. Esta situación se debe a la “ceguera de taller”, apunta Ramón Miguel Partida Islas, director general del Instituto Disceres.

Esta impide que veamos las cosas con claridad y objetividad, porque estamos habituados a un cierto “desorden”. Es aquí donde juega un papel importante un observador externo e imparcial que nos ayude simplemente a ver. Esto es, que sin condicionamientos ni prejuicios, nos cuente la historia de nuestro propio entorno.

Y es que precisamente al estar tan invertidos en nuestra realidad dejamos de ver los “detalles” que pueden ser muy perjudiciales para cualquier persona o sistema organizacional.

En el caso de la asesoría y consultoría, Partida Islas afirma que es imprescindible realizar algunos estudios, que se traducen en pláticas con los ejecutivos, personal de línea y jefes de área para detectar la forma como se relacionan los problemas y cómo fluyen las comunicaciones para provocar los efectos no deseados.

Esto no se puede adivinar, afirma, aún cuando el cliente quisiera que con una simple plática pudiera detectarse todo el problema, resulta que se plantea una situación desvinculada de otras que en verdad son consecuencia de la primera, afirma el experto.

El valor de un consultor, asesor u otro externo, radica entonces primero en su “frescura” al no estar inmerso en la problemática cotidiana, aunado a su experiencia como especialista, que aporta conocimientos específicos.

Y es que muchas veces pretendemos resolver nuestros propios problemas, pero el escotoma o ceguera es tal, que ya nos resulta casi imposible ver la realidad frente a las narices. Es aquí donde es sano hablarle a un amigo, a un experto, a un observador imparcial que nos diga realmente lo que ve.

Es un ejercicio de humildad, pero también de sabiduría, pedir consejo. Puedes sencillamente preguntar: ¿cómo me ves? Y esto llevará a respuestas que, de una u otra forma, pueden aportar algo positivo.

La alternativa es continuar con parches y obstáculos en el campo visual, que de forma involuntaria e inconsciente nos ocultan la realidad y nos impiden aprovechar al máximo las oportunidades.
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