Un autor, un muerto
David Foster Wallace, considerado por muchos el mejor cronista del vacío americano, apareció ahorcado en su domicilio el pasado septiembre. Tenía 46 años. “Entre la gente de mi edad hay una sensación de malestar y tristeza”, le habían oído decir con frecuencia los alumnos y colegas del escritor avecindado en California.
Nacido en Ítaca, NY, hijo de profesores universitarios, sus primeros libros fueron escritos cuando tenía veintitantos años, llamando la atención por la fuerza incendiaria de su lenguaje y lo radical de sus planteamientos literarios.
El americano imposible
El interés por la obra de Wallace mutó a celebración unánime cuando la aparición en 1996 de su monumental “La Broma Infinita”, armatoste narrativo de más de mil páginas. El consenso, sobre todo entre los escritores de su generación, fue que se trataba de la novela más audaz e innovadora escrita en los Estados Unidos en la década final del siglo 20. Un logro nada pequeño en una tierra de gigantes con la estatura de Thomas Pynchon, Phillip Roth o Don DeLillo.
Hijo de la posmodernidad al fin, sus estructuras narrativas fueron consecuencia de una reinvención de los códigos estéticos de las generaciones precedentes, una prosa tentacular que buscó el mimetismo con los sistemas del modelo cultural actual: el vértigo de las comunicaciones, el exceso de la información, la influencia de las grandes corporaciones sobre el minúsculo individuo, el poder de los iconos de la cultura pop, la ubicuidad de la industria del entretenimiento, el cine, el deporte y la música, así como la amenaza omnipresente del terrorismo.
La broma infinita
Publicada cuando el autor contaba con 33 años y ambientada en el año 2025, “La Broma Infinita” plantea un entrecruzamiento vertiginoso: de las matemáticas al deporte, pasando por el uso de las drogas, la estética del grunge, la filosofía y el cine. A través de un poderoso uso de lenguaje esta novela lleva a cabo una despiadada disección de nuestra época, al mismo tiempo que se propone como un conmovedor retrato de la soledad del individuo.
Sin duda, una de las intuiciones más iluminadoras de Wallace es su lúcida percepción del papel de los medios audiovisuales como una de las formas narrativas del futuro. “Nuestra relación con la realidad está violentamente mediatizada por el impacto de los medios visuales y la tecnología, sobre todo la televisión. Creo que la literatura seria mantiene una relación sumamente compleja y ambivalente con la industria del entretenimiento en general”, solía decir.
Pero, otra vez, El Enigma.
¿Qué provocó que un autor en la cima de su arte tomara su propia vida?
Bardo de las bardas
“Aburrirse es besar a la muerte”.
Ramón Gómez de la Serna.
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