Desde “Las Metamorfosis” de Ovidio, el “Hamlet” de Shakespeare, “Las Rimas” de Bécquer o “Los Sonetos de la Muerte” de Gabriela Mistral, la recurrencia a lo desconocido es inagotable.
UN ESPEJO NUBLADO
Como un oscuro reflejo del clima cultural, ideológico y hasta geopolítico de sus autores, la literatura se ha valido del supremo enigma para revelar lo material y lo inusitado: mientras para el espíritu del movimiento romántico la muerte fue gran amiga y aliada; para los realistas se trató de un proceso biológico irremediable que dio pie para cuestionar las estructuras sociales de su época.
Así, “Don Juan Tenorio” adaptación del español José Zorrilla a “El burlador de Sevilla” de Tirso de Molina y una de las obras más representativas del romanticismo, sigue representándose con gran popularidad hasta nuestros días, debido a su incuestionable vigencia.
MÁS ALLÁ DE LAS CATRINAS
Por otro lado, la literatura mexicana del siglo 20 no puede sustraerse a las herencias de un pasado múltiple. El imaginario social no deja de ser un rompecabezas donde sus símbolos se filtran hasta lo más recóndito de sus productos artísticos. En un principio, dentro de la literatura náhuatl, la filosofía de la muerte se centró en la brevedad de la vida, la incertidumbre o la tristeza y melancolía del individuo sometido a los designios de dioses terribles. Ejemplo de ello, el canto de Nezahualcóyotl.
Si la iconografía nacional rescata la figura y obra de José Guadalupe Posada es porque sus imágenes son un patrimonio mental que se acentúa una vez terminada la Revolución. Un burlón espejo de sangre con qué retratar la injusticia y la barbarie. Posada no fue el primero. Años antes, el grabador capitalino Manuel Manilla fue el primero en recurrir al esqueleto como elemento iconográfico primordial, influido quizá por la figura del tzompantli azteca.
ABREVAR LA NOCHE
En torno a la poesía, si López Velarde devela una visión sombría en la que el deseo convive al junto al peso de la fe prohibitiva, años después Villaurrutia habría de darle un protagonismo notable al volverla el centro de su libro “Nostalgia de la Muerte”, donde desnuda sus rostros sucesivos: duda, ánima festiva, umbral o estado de oportunidad para la reflexión sobre uno mismo.
Una vez concluida la Revolución, Juan Rulfo se sirve de la muerte como una poderosa metáfora para retratar un perpetuo estado de decadencia en sus dos obras fundamentales: “Pedro Páramo” y “El Llano en Llamas”. Volando un poco más abajo, Carlos Fuentes, a través “La Muerte de Artemio Cruz”, perfila un México agonizante a través de una revolución traicionada, mientras que en “Aura” plantea el ansia de la inmortalidad a través de la historia de la resurrección de una anciana que se resiste a morir, una anécdota con muchos guiños a la obra del narrador norteamericano Henry James; específicamente a dos de sus más breves ficciones: “Los Papeles de Aspern” y “Otra Vuelta de Tuerca”.
“La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida”.
Octavio Paz
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