Alegan los panistas que las resistencias regionales, salvo en los seis estados con gobernadores de su misma filiación, se deben a la fortaleza, hasta ahora inamovible, de los cacicazgos aldeanos promovidos y sostenidos por los señorones feudales del PRI que se tomaron muy a pecho cuanto se relaciona con la “familia revolucionaria” posesionada de los antiguos latifundios porfiristas. Las autocracias siempre se tocan, aunque parezcan diferentes bajo las interpretaciones sesgadas de quienes las nutren. Cuando menos debemos asimilar esta lección para no ser arrollados por los manipuladores de cada época, de siempre.
Observemos el zigzagueante andar de César Nava Vázquez, presidente nacional del PAN y discípulo de Felipe Calderón quien, a la vieja usanza, lo proyectó para asegurarse el control de su partido... aun cuando no pocos militantes, cobijados por el foxismo intocable, reculan y se resisten ante el viejo y anquilosado modelo del presidencialismo. Una paradoja, por supuesto, porque ellos mismos no cesan en su postura de rendirle pleitesía al ex presidente porque no han encontrado acomodo bastante bajo la férula de Calderón quien privilegia, todavía, no sólo su agenda militar sino sobre todo su apetencia por un mandato legítimo que buena parte de los mexicanos niega. El riesgo por no haber limpiado los comicios de 2006 se convirtió en bomba de tiempo.
Nava no es un dirigente nato, sino proviene del estatus reflejo, tras haber acompañado al mandatario en funciones integrando el selecto grupo de aprendices de política con rostros de monaguillos regañados. Y tal es, sin duda, un handicap tremendo cuando debe desarrollar sus gestiones en medio de un océano rebosante de tiburones de altos vueltos que no entienden cómo fueron desplazados los arraigados liderazgos del blanquiazul por efecto de un presidencialismo que Fox declaró extinto, el autoritario, si bien mantiene controles y escenarios aun cuando la operatividad sobre los mismos sea torpe.
Por eso, claro, el partido en el gobierno... sigue procediendo como opositor si así le conviene, pretendiendo el absurdo de deslindarse semánticamente del pasado, pero nutriéndose del ponzoñoso corporativismo que fue esencia del priísmo hegemónico. Allí está, en sitio relevante, la perversa “novia de Chucky”, Elba Esther, con su corte de aduladores y mantenidos, dentro y fuera de las alcobas, con proyecciones hacia distintos cargos en los que ella, sólo ella, domina.
¿Cómo explicarse que Miguel Ángel Yunes Linares, elbista hasta la cepa, sea el candidato del PAN al gobierno de Veracruz? Un sujeto sin más raigambre, precisamente, que el pretendido cacicazgo por él construido bajo la férula de gobernadores priístas incapaces de contrarrestarlo. ¿Habrán olvidado los veracruzanos que fue este personaje quien anuló, embriagándolo y corrompiéndolo, a Patricio Chirinos Calero, el salinista considerado uno de los más inteligentes analistas políticos de aquella época y cuyo paso por la gubernatura de Veracruz, a regañadientes, lo convirtió en despojo de sí mismo? Yunes sin duda labró su propio porvenir, amén de su fortuna personal, a costa de convertir a Chirinos en poco menos que un perrito faldero. Cualquiera a quien le quede un poco de memoria, lo recordará por ello.
Pero no sólo eso: el mismo sujeto, en condición de subsecretario de Seguridad Pública como regalo de Fox a “la maestra”, fue diligente al ocultar los pormenores del fatídico accidente mortal en el que perdió la vida su jefe, Ramón Martín Huerta, maniatando a partir de ello al propio Vicente Fox, cuya debilidad de carácter le hizo delegar las funciones fundamentales a su consorte. Yunes no aporta sino escándalos, bajo el peso de una política rupestre, a la causa de la continuidad. Esto es: No dejó al PRI por una cuestión de principios, como otros, sino sólo para alentar sus propias ambiciones y las de su patrona. Y ahora es un flamante panista con todo y la cargada. Aunque, desde luego, no todos los veracruzanos son amnésicos.
Pareciera que la estrategia panista es, dados los antecedentes, ganar por ganar, sin la menor coherencia ni una mínima visión de futuro.
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