Los mexicanos estaríamos encantados que el Milagro de Belén hiciera factible encontrarnos con un estadista para vencer a la demagogia y a los malos vientos de las crisis financieras que ya soplan sobre nosotros. ¡Hace tiempo que no sabemos cómo es el gobierno y para qué diantres sirve! Hasta el propio mandatario federal reconoce haber perdido, llevando en prenda a su hermana mayor, ante el crimen organizado en su tierra que es la de sus padres. En circunstancia así, cualquier credibilidad flaquea; por eso, en México, la fe popular sigue siendo un misterio sólo explicable por la resistencia y la devoción generales dentro de una sociedad que desdeña hasta sus propios riesgos. Pero queremos creer porque es la única manera de sentirnos iguales.
El final de 2011 nos encuentra confundidos, sin siquiera esperar regalos para abrir en el cálido confort de la intimidad. Ya escuchamos a todos los postulantes a la Presidencia y no contamos con un líder que parezca siquiera capaz de aglutinar voluntades y señalar el rumbo correcto: Todo se reduce, por desgracia, a una superficial disputa partidista con acentos rabiosamente demagógicos. Nunca los políticos –y los jueces- habían cobrado tanto por tan poco ni habían viajado con frecuencia contumaz para sentir que sólo el poder es la llave del mundo. De allí que aspirar a una curul o a un escaño es casi como comprarse un número de lotería y estar listos para cuando lleguen los gritones y nos salpiquen de millones fantásticos. ¡Si supiera el pueblo lo mal que les va a los ganadores!
(Hace algunos sexenios –digamos en los tiempos de José López Portillo-, un gerente de la Lotería Nacional ideó, para obsequiar a sus amigos, la elaboración de un libro sobre las historias reales de los premiados. El resultado de la investigación fue patético: En una gran mayoría las desgracias se habían hecho presentes. Unos, se aficionaron al alcohol, otros murieron en sus carros de lujo, algunos más vieron irremisiblemente divididas a sus familias por la ambición desatada en cada uno de los suyos, y el número de muertos por excederse al no saber qué hacer con los dineros del “gordo” era tan escandaloso que, sencillamente, la única opción fue olvidarse del proyecto. Tal cuento sin malas intenciones y con el ánimo de que quienes tienen ya sus “cachitos”prueben suerte y rompan así el maleficio).
Pediríamos también que a Enrique Peña, el puntero de la justa presidencial, Santa o los Reyes Magos le dotaran de una biblioteca básica –en la que no faltara “Nuestro Inframundo”, de Jus, y “Los Escándalos, de Grijalbo-, con la única condición, claro, de que leyera los volúmenes antes de citarlos. Y de paso un curso intensivo para pronunciar mejor el inglés. Y si no fuera demasiado, le rogaríamos, de vez en cuando, ir de compras al mercado para que se enterase de los precios de las tortillas y otros productos básicos.
Para Andrés Manuel solicitaríamos, claro, que el sueño de redención no se convirtiera en una pesadilla. Y al despertar todavía tuviera ilusiones porque, al fin y al cabo, todos somos mexicanos no sólo sus simpatizantes y deberá convivir con cuantos también son sus adversarios. Nunca se ha dado el caso de que alguien pueda concebirse como un redentor a costa de quedarse solo en la cruz, sin siquiera los ladrones bíblicos, Dimas y Gestas, rodeándolo en la hora decisiva. Primero, debe aprender a compartir el destino nacional; luego podría, es una hipótesis nada más, consolidarse como el líder que hubiera merecido ser.
¿Y a los panistas? Ellos son tan crédulos que se pondrán detrás de la ventana, expectantes, listos a ver los haces luminosos que los conduzcan al Palacio de Oz entre las estrellas. Y si es a través del canal de televisión respectivo, tanto mejor. Me parece observar a Josefina, por ejemplo, disfrazada como “La Patita” de Cri-Cri, a Creel convertido en el “Charrito de Oro” y a Cordero “Pascual” en el cuerpo místico de la continuidad política, aleteando, por aquí y por allá, con la cantaleta de que no hay ningún futuro sin Acción Nacional y que todas las mafias imaginables se nos vendrán encima si cometemos la osadía de optar por cualquiera otra causa que no sea la de los muy devotos panistas-beatos listos a extender, de nuevo, el Manto de la Guadalupana sin detenerse en las blasfemias políticas.
En la breve tregua navideña, sería saludable, en fin, que se intercambiaran las antiguas –y hasta pasadas de moda- tarjetas de felicitación. El internet las ha sustituido como las redes sociales comienzan a ser más influyentes que los cotidianos y aún la televisión en eso de alertar e informar a la población acerca de inminentes hechos que desfoguen el espíritu de los perversos y pongan en sitio a la sociedad toda, atemorizada por la anarquía y horrorizada por la Reconquista en potencia. ¿No lo sabían? Si gana el PAN estaremos más cerca de España y mucho más lejos de la libertad. Abundaremos.
Debate
Atestigüé, durante esta semana, el largo proceso de “investidura” del nuevo presidente del gobierno español, Mariano Rajoy. El lunes pasado, por ejemplo, el nuevo mandatario debió pronunciar un discurso inicial para después permanecer, sin desanudarse la corbata ni ir al baño, durante doce horas contestando a cada uno de los distintos grupos parlamentarios y a los representantes de las autonomías –es decir, las entidades “soberanas” en el léxico mexicano-, algunas de las cuales –Cataluña y el País Vasco, sobre todo-, detestan seguir perteneciendo a España pero añoran convertirse en miembros de la Unión Europea en una evidente confusión conceptual que los pinta de cuerpo entero.
El miércoles, al fin, Rajoy se presentó ante el Rey y un crucifijo para juramentar su cargo en el Palacio de la Zarzuela con todo el glamour de las viejas Cortes. La escena parecía salida de una de esas historias de época tan mal contadas por los libretos cinematográficos. Sólo faltó la vestimenta propia de los tiempos de Goya para enfatizar lo antiguado del protocolo cuando la Monarquía, no sólo la hispana, parece hundirse sin remedio. Los escándalos del yerno del Rey, Iñaki Urdangarín, ex basketbolista, quien pretendió pertrecharse económicamente a la sombra de la Casa Real para el caso de una abdicación que los dejara fuera del presupuesto –esto es si Juan Carlos deja el trono en manos de Felipe y las Infantas Elena y Cristina cesan en sus encargos sociales-, y terminó siendo referente de todos los escándalos.
Finalmente, ayer jueves, Rajoy tomó el juramento a sus colaboradores cercanos y comenzó a funcionar el nuevo gobierno con los socialistas convertidos en una minoría con mucha voz y escasos votos. Hablan más por la herida que por convencimiento de servir a su causa. Eso sí: sólo hubo un mes de distancia entre los comicios generales y la unción final a diferencia de los larguísimos cinco meses que deberá aguardar el presidente electo de México para intentar superar los rescoldos hereditarios de Calderón, aun en el caso de que el PAN gane las elecciones con la varita mágica de Antonio Solá, neomexicano.
No se nos muestran muy felices los días por venir, salvo, insisto, por la ilusión de estar todavía, resistiendo en el amor, la pasión y la esperanza.
Mientras, sigo sin tener acceso a mis cuentas electrónicas ni contar con redes sociales en donde los amigos me busquen por mi nombre. puros reflejos de nuestra singular dmocracia y sus ensayos para julio de 2012.
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