“¿Para qué lamentarme de lo que están matando sin remedio?

¿para qué abandonarme a una pureza humillada

y esperar lo que no ha de volver?”.

Javier Sicilia (Juan 18, 15-27)

Murió Juan Francisco, el hijo del poeta religioso Javier Sicilia. En el momento de su muerte, Juan el Evangelista y San Francisco de Asís le tomaron la mano mientras una luz resplandecía su rostro. Javier había derrotado al jacobinismo de los liberales, la incultura de la Iglesia católica y al marxismo de los intelectuales para hacer de su palabra el retrato de su propia alma a través de la poesía. Javier no pudo, sin embargo, detener la bala colmada de desesperanza que asesinó a su hijo.

La poesía de Javier elevó, contra viento y marea, la conciencia espiritual de los hombres; pero no pudo transformar el corazón indiferente de los sicarios que ejecutaron a Juan Francisco, su hijo.

Quizá por ello, al enterarse de la muerte de su hijo, las palabras del propio Sicilia le martillaron el alma: “El gallo mecánico ha cantado las seis; y yo sigo aquí; bajo la neblina del alba;

porque es de noche; añorando lo que ya no he de añorar;

escuchando el clamor del día que no responde; que no responde;

mientras tú te oscureces; y eres lodo y no fuente; porque es de noche; y te derramas como agua que nada contiene; y tus huesos están dislocados; secas tus entrañas; donde los perros rondan; y rasgan tu túnica; y la muerte es la muerte y nada más…”.

Esas palabras le martillaron el alma contra el ataúd en el cual reposa, o se esconde el país que funde los intereses de los políticos, los empresarios, los policías y los líderes religiosos coludidos con el narcotráfico y crimen organizado. A cada martillazo surgía la indignación de Javier; sumada a la de miles de padres que han visto caer a sus hijos en esta guerra sin sentido, para insistirnos con desgarradora lucidez : “Lo que hoy quiero decirles desde esas vidas mutiladas, desde ese dolor que carece de nombre –porque es fruto de lo que no pertenece a la naturaleza– la muerte de un hijo es siempre antinatural y por ello carece de nombre: desde esas vidas mutiladas, repito, desde ese sufrimiento, desde la indignación que esas muertes han provocado, es simplemente que estamos hasta la madre”. 

Su indignación tiene nombre y apellido: Los políticos y los criminales. “Estamos hasta la madre de ustedes, políticos –y cuando digo políticos no me refiero a ninguno en particular, sino a una buena parte de ustedes, incluyendo a quienes componen los partidos–, porque en sus luchas por el poder han desgarrado el tejido de la nación, porque en medio de esta guerra mal planteada, mal hecha, mal dirigida, de esta guerra que ha puesto al país en estado de emergencia, han sido incapaces –a causa de sus mezquindades, de sus pugnas, de su miserable grilla, de su lucha por el poder– de crear los consensos que la nación necesita para encontrar la unidad sin la cual este país no tendrá salida…”.

“De ustedes, criminales, estamos hasta la madre, de su violencia, de su pérdida de honorabilidad, de su crueldad, de su sinsentido”. “Antiguamente ustedes tenían códigos de honor. No eran tan crueles en sus ajustes de cuentas y no tocaban ni a los ciudadanos ni a sus familias. Ahora ya no distinguen. Su violencia ya no puede ser nombrada porque ni siquiera, como el dolor y el sufrimiento que provocan, tiene un nombre y un sentido. Han perdido incluso la dignidad para matar”.

El problema va más allá, Sicilia insiste, al subrayar “que la conjunción de políticos y criminales más la corrupción de las instituciones judiciales muestra el fracaso del Estado”, en el cual las posibilidades de vida son reducidas, a su mínima expresión; y por ello, ésta no (puede ser) protegida, pero si violentada, secuestrada, vejada y asesinada impunemente.¿Cómo puede haber vida para un padre, cuando el México de hoy sólo conoce la intimidación, el sufrimiento, la desconfianza y el temor, de que un día otro hijo o hija de alguna otra familia sea envilecido y masacrado? El poeta concluye con estas palabras: “Estamos hasta la madre; los políticos, los criminales y las instituciones judiciales sólo tienen imaginación para la violencia, para las armas, para el insulto y, con ello, un profundo desprecio por la educación, la cultura y las oportunidades de trabajo honrado y bueno”. ¿Qué padre o madre no podría identificarse y multiplicar la indignación de Sicilia? ¿Qué hijo o hija, no podría hacerla suya? ¿Quién no podría gritar con el alma desgarrada?

“¡Estamos hasta la madre! ¡Exigimos otro país!”