Y es de ética que acabaron hablando en la Cámara de Diputados, en respuesta a la modificación del artículo 24 referente a que cada quien se rasque con sus uñas, o mejor dicho, que haya china libre respecto de los cultos religiosos, dentro y fuera, antes, durante y después, donde fuere y cuando sea.
Así estaba: “el Estado respetará la libertad de los padres y, en su caso, de los tutores legales para garantizar que los hijos reciban la educación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”; así quedó: “Toda persona tiene derecho a la libertad de convicciones éticas, conciencia y de religión, y a tener o adoptar, en su caso, la de su agrado”, con las acotaciones necesarias para ajustarse a los sitios donde se practiquen los cultos.
Pero me late lo siguiente: se tomará la ética por desesperación y la religión por convicción. Hace mucho que cuando hablamos de valores le achacamos los éxitos a las religiones y las culpas a las escuelas, como si la familia fuese un ente etéreo y contemplativo. Se supone –por lo menos así lo dicen todos los textos educativos- que las instituciones sociales TODAS son responsables del proceder ético y moral de los ciudadanos que habitan en una nación. Y, cabe recodar, son instituciones sociales las escuelas, la familia, la iglesia, los partidos políticos, los medios de comunicación, el Estado mismo.
Si alguien piensa que la vuelta de la religión a las escuelas públicas resolverá nuestro problema social, me parece que está viendo la casa más amplia de lo que mide en realidad, y no faltan actores en los procesos educativos de México; más bien, como diría un amigo, ya andan sobrando cachuchas. Si cada uno de los actores en la escuela -en el amplísimo sentido- hacemos lo que nos toca, no habría necesidad de cambiar artículo ninguno. Las letras, como están, están correctas.
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