En esta celebración el Gobierno federal mexicano tiró la casa por la ventana. Parecía que estaba en competencia con los festejos que realizó el presidente Porfirio Díaz en 1910 para celebrar los 100 años de la guerra de independencia.
Porfirio Díaz, general del Ejército Mexicano, prócer grande de la nación, ángel que en ese año de 1910 todavía estaba lleno de luz, más que el padre de la patria, quiso superar a Hidalgo, y por su soberbia fue arrojado a las sombras, al abismo del olvido, por un movimiento popular que había establecido desde hacía tiempo las condiciones objetivas para darse, esas que empiezan por la opresión y la miseria, pero que hasta el 20 de Noviembre de 1910 conjuntó las condiciones subjetivas, psicológicas.
Porfirio Díaz fue, quién lo duda, un genio militar que llenó el campo de la política de estrategias bélicas. También quiso modernizar su patria y fijó la vista en Francia, porque París y su cultura le habían cautivado, y quiso hacernos un espejo de los galos. Inspirado en la segunda revolución científico-técnica tendió una enorme cantidad de vías férreas, pues sabía que con ellas empezaba la modernización del país, y con ellas fue derrotado en combate. Trajo del exterior capitales para el desarrollo industrial, la banca floreció durante su gobierno, el campo se reorganizó y empezó a producir consistentemente, las relaciones exteriores se ampliaron y su gobierno fue reconocido por las principales potencias de su tiempo. La educación inició su penoso ascenso gracias a ese hombre grande pero olvidado injustamente que fue don Justo Sierra. Y también desarrolló el comercio marítimo de una manera acelerada, modernizando los puertos que había y abriendo otros para la navegación.
Por temor, por decepción o por prudencia decide irse, no mucho tiempo después de iniciada la Revolución, a su amada Francia en un buque de vapor, el “Ipiranga”, saliendo del modernizado puerto de Veracruz.
En uno de los últimos libros de homenaje al dictador, “Díaz y México”, escrito por Cornyn en abril de 1910, dice el autor que “Díaz ha enseñado al lobo a vivir tan pacíficamente con el cordero como si no mediara entre ellos la menor antipatía”. Y sucede que un 20 de noviembre el cordero se comió al lobo. Díaz quería realmente a México, a su México, al que él había imaginado, no al que tenía en realidad entre las manos y por ello supo que era hora de retirarse y se fue. Pero es tiempo de que lo hagamos volver, no ángel ni demonio, sino estadista que falló por ignorancia y que acertó por intuición. Como el hombre cuyos sueños produjeron monstruos.
A la época porfirista la revolución triunfante casi la excluye de los anales de la historia, impidiéndonos hacer una justa evaluación de los logros y los fracasos de un gobierno que sienta las bases del México moderno, en muchos de sus rubros, y que constituyó una leyenda negra, tan aterradora, que ningún gobernante se ha atrevido a repatriar a México los restos mortales de ese hombre que amó tanto a su país, y que si bien se le pudiera acusar de muchas cosas, jamás de ser traidor a su patria.
Hace cien años, Porfirio Díaz invirtió una gran cantidad de recursos para su propia versión del Centenario, porque quería presentar al mundo una imagen del México moderno que él había imaginado, y que en parte solamente estaba en su imaginación, como bien nos cuenta ese libro casi olvidado ahora, “México bárbaro”, de John Kenneth Turner, que es un estremecedor reportaje de las inhumanas condiciones en las que vivía el México profundo. Y del norte vino la respuesta que materializaba la voluntad de la mayoría de los mexicanos de esa época. Ya vimos los festejos de la Independencia. Ahora esperaremos a ver cómo se hacen los festejos de la Revolución que, como vino del norte, de Coahuila fundamentalmente, no creo que le haga tanta gracia al presidente Calderón.
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