En el Alcázar de Segovia, en el que muchos dicen se inspiró Walt Disney para sus castillos de oropel, que ahora son los más retratados del mundo, los reyes ya no claman por la Inquisición; en el presente reparten caramelos con la advocación de los Magos de Oriente que tanto esperan los niños cada seis de enero. (Recapitulo un poco, divagando sobre nuestro papel de nación de conquistados: En nuestras festividades navideñas compiten el estadounidense Santa Clós, estereotipo de la Coca-Cola, y los hispanos Reyes Magos, con una salvedad, en México comemos rosca y allá roscón con todo y su muñequito de porcelana pero sin tamalada el 2 de febrero.

El caso es que en el hermoso palacio segoviano, con todo y sus picos pintorescos, se guarda con devoción los tronos de Isabel y Fernando, los Católicos, y destaca, tallado sobre el dintel, el emblema de los mismos: “Tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando”. Una sentencia que, con los años, se ha convertido en el referente imprescindible para aquellas parejas que se arrogan el derecho a sucesión, como los Perón y los Kirchner en Argentina, y no sé cuantas consortes de gobernadores que le agarran un enorme cariño al poder. Y poco faltó para que la señora Martita se animara a adelantarse a Cristinita y nos ofreciera un matriarcado sucedáneo para continuar en el esquema del cogobierno, inventado por Fox y absolutamente inconstitucional. Una cosa es la igualdad de género y otra, muy distinto, que los hombres públicos nos impongan a sus mujeres con la parafernalia propia de la cúpula de mando.

Pues bien, en el hermoso Palacio segoviano, cuidado con esmero –hasta el más desteñido tapiz de valor incalculable-, ya no despachan los reyes salvo los Magos de Oriente que distribuyen caramelos el 5 y 6 de enero a todos los pequeñitos que creen en el milagro de la Estrella de Belén y en el Pesebre más glorioso de la historia. Observándolos me percaté que estamos entre dos fuegos y no sólo en la competencia de las navidades y el inicio del año, esto es entre el estadounidense Santa Clós, personificado con los colores de la Coca-Cola que le dio vitalidad y luego universalidad, y los hispanos Reyes Magos, incluyendo a Baltasar, el negrito y más popular, junto a los barbados rubios Gaspar y Melchor. Nombro al primero en ese sitio para romper el esquema de que los blancos van primero. Hay diferencias, claro: En México nos devoramos la rosca y en España, el roscón. Sólo que allende el mar, en la Iberia brava, nadie habla de la imprescindible, para nosotros, “tamalada” del día de la Candelaria, el 2 de febrero, obligación de quien salga con el muñequito de porcelana guardado entre las delicias de la harina.

¿Será que nuestros males atávicos, incluyendo al presidencialismo con mucho de monárquico, devienen de nuestra condición de conquistados? Para infortunio de nuestra raza no hemos podido remontar siquiera la cuesta del cambio y, en muchos casos, vivimos atados a la Colonia en cuanto a la exaltación de fanatismos, el religioso también, sin reparar que por ello también nos han saqueado: ¿Habrá quienes ignoren que los magistrales retablos de oro y plata, a lo largo de España e incluso en Roma, fueron llevados a Europa desde la Nueva España, motor de las riquezas del “viejo” continente? Éste ha sido, lo confieso, un permanente agobio de mi conciencia. Pero, si pensamos un poco, encontraremos las respuestas siempre que nos atrevamos a buscarlas.

El caso es que las monarquías de Europa se sostienen gracias a su capacidad de adaptación y contra toda lógica. No hay quien crea ya en el “derecho divino de los dioses” para determinar la salvación de las estirpes inamovibles, pero sí muchos que alegan, como cuando se habla del presidencialismo en México, que el rey o la reina, según sea el caso, son los factores de unidad determinantes y que sin ellos de por medio los polvorines volverían a incendiarse como cuando, a mansalva, se privó a España de dos Repúblicas y se condenó a la mitad de los españoles a una vida errante por las naciones de América, sobre todo México.

Todavía hoy, la disputa se mantiene. España, ideológicamente, está partida en dos: Los socialistas que son herederos de los “rojos” republicanos, y los “populares”, los conservadores monárquicos que tanta nostalgia tienen del franquismo con todos sus efectos. Pero sendos bandos, que se dividen y alternan el poder con cierta periodicidad –Felipe González Márquez, de izquierda, gobernó 14 años y ya desprendía un tufo semejante al del “caudillo”-, aceptan en cambio a los Reyes como representantes del Estado y guardan las formas seculares como si el tiempo no hubiese transcurrido. Por ejemplo, hace unas semanas, el nuevo presidente del gobierno español, el derechista Mariano Rajoy, al igual que sus antecesores incluyendo a los “socialistas” González y José Luis Rodríguez Zapatero, juró su investidura, ante los reyes y los príncipes de Asturias, delante del primer ejemplar de la Constitución de 1978 y de un crucifijo que la realeza guarda como tesoro artístico –e histórico- de gran trascendencia para la unión de los españoles, incluso ahora cuando los excesos regionalistas están por tirar por la borda todo cuanto los identifica con las entrañas españolas.

Todo sigue igual, salvo que el Parlamento estrena nueva tendencia, con mayoría absoluta para los “populares” y un tremendo golpe de mando contra los socialistas que no fueron capaces de paliar la crisis por su empeño en mantener, con gran dosis de demagogia, algunas panaceas sociales, acaso justas en un entorno de igualdad plena, pero insostenibles.


Debate


Lo que coloca en jaque mate a nuestro singular sistema político, a pesar de sus inercias prolongadas, es la pérdida de un presidencialismo con características de símbolo, más que de institución ejecutiva, por cuanto a sus condiciones paternalistas. El presidente como rey sexenal, sometido al perentorio lapso como nunca limitante a su poder omnímodo, dejó de serlo cuando el pueblo perdió el respeto por la investidura y dudó de la legitimidad de su representación. Al daño infringido por los gobiernos populistas de las décadas de los setenta y los ochenta, sobrevino uno mayor, el de la tecnocracia movida por inspiración anglosajona, y otro todavía más grave: El de una alternancia frustrada por la inoperancia, la torpeza y la incapacidad amén del miedo a gobernar.

Por eso el presidencialismo ha perdido sus fueros populares aun cuando mantenga los políticos y sea todavía un instrumento de poder tan grande como para sostener, contra la opinión de buena parte de los mexicanos, una guerra absurda que no ha alcanzado abatir el consumo y tráfico de drogas pero sí a 60 mil víctimas inocentes. El publicitado ETA vasco, insisto, aniquiló en cuarenta años a poco más de 800 españoles. En la comparación, lo sucedido a través del gobierno de Calderón es, sencillamente, monstruoso.

De allí nuestra insistencia en pro del parlamentarismo con el cese del presidencialismo empeñado en conservar la jefatura del Estado y la del gobierno, con escaso éxito en las últimas experiencias cuando tanto se ha lastimado a los mexicanos. ¿O se pretende acaso desestabilizar al país para posibilitar los sueños de los conquistadores, sean los del norte o los de allende el océano, una vez más? Porque, sin duda, las directrices desde Los Pinos –con todo y sus tardeadas cotidianas-, ya no funcionan ni por la célebre “Puerta Cuatro” por donde entran los mariachis y doncellas de compañía, donceles también, en una casi bíblica representación de Sodoma y Gomorra. Algún justo, quizá, lo salve. ¿Lo habrá ahora? ¿Y en diciembre? Demos el paso, de una vez, aun cuando estemos en precampaña presidencial. Siquiera aprovechemos los debates ineludibles para plantear el tema central: La reforma integral del Estado, que se mencionó por primera vez en 1994 unas cuantas semanas antes del magnicidio de Lomas Taurinas. Apostemos por un parlamentarismno eficiente con la rectoría de un jefe de Estado salido de las mismas entrañas del Congreso. Pero no andemos más hacia la nada.
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