3 lecturas





Desde hace ya varios meses, esta columna señaló la paulatina y privilegiada expansión de empresas, bancos y constructoras de origen hispano sobre territorio mexicano. Una tendencia similar a la que observan otras naciones latinoamericanas, sobre todo Brasil y Argentina, cuyo desarrollo en buena medida estriba en el éxito de los inversionistas ibéricos. Acaso por ello, claro, el presidente brasileño, Lula da Silva, es alentado por la Unión Europea casi como un moderno héroe civil en contraste con los mesiánicos irresponsables, quienes hablan de estatizar antes de abaratar compañías para su venta a los corporativos de la llamada “madre patria”, de otras latitudes.

Observemos, por ejemplo, la ruta del poderoso BBVA-BANCOMER, denominado así luego de la fusión, con enormes ventajas para el grupo ibérico, del banco mexicano de mayor solvencia, abaratado mañosamente para posibilitar la llegada de la institución de origen vasco, bien parapetada para evitar, por cierto, los frecuentes atentados terroristas provenientes de la convulsa región española. Nadie lo toca, ni en México. Pues bien, hace unas semanas, los responsables de la misma decidieron retirar mil 200 millones de dólares del mercado mexicano para parapetarse en España, en donde, como todos sabemos, la crisis recesiva va camino, a grandes zancadas, de hacerse inmanejable.

Desde luego, ha sido notoria la ineficacia del gobierno “socialista” español, encabezado por José Luis Rodríguez Zapatero cuyas dobles lecturas le han restado toda autoridad moral, para enfrentar los efectos de alto riesgo sobre una economía instalada en una enorme burbuja desde la llegada del euro. Fue entonces cuando la sociedad española,
estrenando alto poder adquisitivo pero sin que ello se reflejara en una mayor productividad per cápita, se dio a la tarea de consumir con frenesí como para exaltar que la democracia significaba simplemente pasarla bien en los bares, las rúas y en cualquier sitio en donde se comiera y bebiera. El espejismo, por supuesto, no podía durar eternamente, tampoco el sentido de explotación patético, muy semejante al de los conquistadores de hace quinientos años, que segregaba a los hispanos de las tareas duras para endosárselas a los inmigrantes mal pagados que aún así ahorraban para enviar remanentes a sus familiares.

Las distancias se ahondaron dramáticamente. Los asalariados se encontraron con que podían contar con generosas líneas de crédito y obtener en semanas lo que podrían haberse tardado años en comprar. Y festejaron, claro, lo mismo que los mexicanos durante la euforia artificial del salinato trágico, cuando las tarjetas de crédito llegaron al tope, que nos condujo, sin remedio, a la asfixia de 1994 y 1995.

Un ejecutivo mexicano que trabaja en una empresa española supo definir el contraste:

-A nosotros una crisis no nos espanta porque hemos aprendido a lidiar con ellas desde nuestra salida a la vida profesional. En cambio, a ellos, los españoles, les vino muy mal porque, desde el inicio de la “democracia” –esto es a partir de que la muerte llegó a la cama del dictador-, no habían sufrido un desafío de esta envergadura... y están desesperados.
Sea por ligereza, omisión o cobardía, el hecho es que el gobierno y la sociedad española no estaban preparados más que para colectar buenos frutos creyendo en el milagro de trabajar menos para ganar mucho más. Y no saben cómo actuar ahora cuando la carestía les corroe por dentro, cambiándoles sus perfiles vitales y reduciéndoles sus espacios de confort.

Por ello, claro, las empresas que se expandieron por territorio americano han optado por saquear, cuanto puedan –lo mismo que cuando sus ancestros se llevaron el oro y la plata de las “Indias” para honrar con ello a la Corona española-, los mercados conquistados a punta de hacerlos dependientes de sus rectorías con soslayo evidente de las soberanías ajenas.
Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb