Pese a este antecedente, por el cual tantos se equivocaron en sus propias mediciones y previsiones, me temo que cuanto pase en Michoacán, el ya muy próximo domingo 13 de noviembre, será reflejo y espejo de lo que puede ocurrir, de cara al 2012 y la sucesión presidencial, con la excepcional participación de las casas encuestadoras –que nunca riñen con sus clientes sino les dan por su lado- y, sobre todo, por la potencia de las redes sociales que pueden poner de cabeza al país con la mera divulgación de un rumor... como ya pasó en Veracruz –y antes en Puebla y Cuernavaca-, por obra y gracia de una tremenda laguna jurídica: La ausencia de tipificación del terrorismo cibernético, acaso tan dañino o más como cualquiera otra modalidad del flagelo.
Es obvio que el tema forma parte de una de las principales estrategias del partido en el poder para inhibir a los votantes durante la jornada comicial bajo el principio de que a quien tiene los controles políticos sólo se le gana por nocaut y cuando se da una gran afluencia a las urnas. Si los abstencionistas son muchos más, en la misma proporción aumentarán las posibilidades de permanencia del partido en posesión de la Presidencia de la República. Si el miedo se extiende, a golpes de mensajes cibernéticos, las aguas de la democracia incipiente pueden salirse dramáticamente de sus cauces.
Ya hemos hablado de la ausencia de imaginación, sobre todo entre los legisladores incapaces de hacer bien sus tareas, ha propiciado que estemos anclados en una democracia medida por minorías, dentro de la cual el grupo más votado siempre tendrá en contra a la mayor parte de los electores, sumados los bandos contrarios. La mayoría, esto es la mitad más uno, no aparece en las elecciones federales desde 1988 cuando, además, las cifras amañadas en pro de Carlos Salinas significaron la culminación de uno de los fraudes más escandalosos de nuestra historia. Así que el origen del mal viene de mucho más atrás.
Va siendo hora de argumentar acerca de que no puede existir legitimidad en una elección si el abstencionismo alcanza cuotas superiores al cincuenta por ciento, como ya ha ocurrido en no pocas entidades del país. Concretamente, en Tamaulipas, tras el ominoso asesinado del doctor Rodolfo Torre Cantú, los votantes disminuyeron escandalosamente y no pudieron siquiera superar la barrera del treinta por cierto. Tal ejercicio, en una nación democráticamente madura, debió haberse declarado nulo. Y no hubo siquiera voz alguna que lo sugiriera en medio del vendaval producido por las alianzas turbias, la siembra del terror y la anarquía en crecida imparable bajo la violencia irracional.
Pues, bien, en Michoacán, están dados todos los elementos para hacer volar los cimientos de la democracia tal y como los conocemos. De un padrón de tres millones de electores potenciales, el listado de panistas con derecho a participar en las decisiones internas de su partido –como, por ejemplo, la selección de candidatos-, no supera a los sesenta y seis mil y de éstos únicamente optaron por la impuesta hermana de Felipe Calderón quince mil. Y tales fueron suficientes en un clima enrarecido por la intervención presidencial y el conflicto de lealtades internos entre los miembros del blanquiazul. ¡Ay, si don Manuel Gómez Morín viviera, seguramente ya hubiera encontrado otra opción distinta! Y ni se diga don Luís Calderón Vega, padre de Felipe, quien nunca retornó a las filas de su antiguo instituto, el PAN, decepcionado por la amoral arribazón de empresarios jactanciosos –“Nuestro Inframundo”, Jus, 2011-.
Ni siquiera los panistas vernáculos, en su mayor parte, es decir cincuenta y un mil militantes con derecho a pronunciarse internamente, aceptaron a “La Cocoa” como su abanderada con todo y el desarrollo de la parafernalia presidencial y los escasos frutos del senador Marko Cortés, el aspirante natural, quien denunció al nepotismo y luego optó por seguir la ruta de las negociaciones consabida para ir en pos de la alcaldía de Morelia. ¡Y eso qué no aceptó los mecanismos que provocaron la arribazón de la señora Luisa María y enfrentó al aparato de Los Pinos!
Desde luego, Éste es el punto de arranque de unos comicios que, seguramente, darán lugar a infinidad de reacciones poselectorales de todos los tonos en una entidad, insisto, en donde se tiene suficiente experiencia sobre impugnaciones exitosas y caídas de mandatarios impopulares, mientras se exalta a la familia Cárdenas, de izquierda, como el eje central del territorio. ¿Cómo, entonces, puede concebirse que los bien politizados michoacanos opten por la derecha sólo porque el proyecto presidencialista así lo delinea? Este columnista se resiste a creerlo por más que me hablen de los valores personales de “La Cocoíta”. No creo en la bondad del nepotismo aun cuando en Michoacán los Cárdenas sean ejemplos del mismo. Una excepción que confirma la regla.
Debate
Los michoacanos tienen aprendida todas las lecciones políticas imaginables. ¿O alguien, acaso, ha olvidado lo sucedido con Eduardo Villaseñor Peña, en septiembre de 1992, cuando el perredismo defraudado –por segunda vez; antes lo fue en 1989 cuando, en cambio, se “reconoció” la victoria del PAN en Baja California, cuya secuela se mantiene, y con Ernesto Ruffo Appel, señalado públicamente por sus supuestos vínculos non santos, a la cabeza-, salió a las calles, las bloqueó e impidió que Villaseñor entrara al Palacio de Gobierno, sitiándolo. El personaje debió “asumir” la gubernatura en una “sede alterna”, blindada, y sólo pudo sostenerse 26 días. Luego de los zafarranchos se impuso el largo interinato de Ausencio Chávez Hernández, quien fue mandatario entre barricadas durante cuatro años en contra de lo estipulado en la Constitución. Igual al caso de Carlos Medina Plascencia en Guanajuato que alentó al foxismo hasta convertirlo en un fenómeno nacional.
Es curioso, en Michoacán, otra pareja de hermanos, además de los Cárdenas –Lázaro y Dámaso- que luego se extendieron a dos generaciones más hasta el momento, llegó al poder local: Precisamente Servando y Ausencio Chávez aun cuando el primero ejerció el poder Ejecutivo de 1970 a 1974, con dos décadas de diferencia. En el caso actual, Felipe Calderón fue candidato al gobierno de la entidad en 1986 y quedó relegado al tercer sitio... como también lo estaba “La Cocoíta” una semana antes de que las encuestas revelaran que, de modo automático, sin precedentes, se había apropiado del lugar de honor pasando por encima del prestigiado ex alcalde moreliano, Fausto Vallejo, y del PRD que mantiene al gobierno de la entidad. Un galimatías político difícil de ser asimilado.
Es obvio que el experimento de Coahuila, con los Moreira como protagonistas, animó a Calderón para atreverse al legado de la gubernatura michoacana en pro de su hermana querida. Si un gobernador pudo, ¿por qué no un presidente? Lo lamentable es que, de manera soterrada, se haya llegado a este punto por efecto de las negociaciones extrapolíticas surgidas de las tormentas financieras de los coahuilenses. Si es así, el priísmo tendrá que sumar una o varias cabezas más a su particular panteón de muertos vivientes. Al tiempo.
.(JavaScript must be enabled to view this email address)
| Comparte ese artículo: |
|



