16 lecturas





Luis Donaldo Colosio no tuvo el tiempo necesario para aclararlo porque el 23 de marzo de 1994, hace casi dieciséis años y dos sexenios y medio de demagógicas ofertas de cambio, fue acribillado a tiros en una hondonada de Lomas Taurinas, más bien trampa mortal, preparada a ex professo por diligentes miembros del PRI, entre ellos el ahora ex gobernador de Oaxaca José Murat, y la pasiva tolerancia del jefe de sus escoltas, el general Domiro García Reyes, quien se suponía preparado para detectar todo aquello que le rebasó en la jornada fatal. También la negligencia puede ser criminal, en todo caso.

Días antes del trágico episodio que modificó el perfil político del país aunque muchos apenas lo percibieran entonces, los entrometidos agentes de la DEA estadounidense registraron una comprometedora fotografía en la que se observaba, muy relajado, al entonces candidato presidencial del partido oficial, en la condición de seductor en campaña, esto es con dos chicas espléndidas -una de ellas sentada sobre sus rodillas-, y al lado nada menos de un personaje que se había presentado como rico agricultor, Joaquín “el chapo” Guzmán Loera. (Repásese en mi obra, “Los Cómplices”, Océano, 2001, la versión completa del episodio jamás desmentido).

Observé, desde entonces, que Colosio, bajo una presión tremenda por cuanto significaba el enfriamiento notorio con la casa presidencial de Los Pinos, y sobre todo con dos poderosos elementos muy cercanos al mandatario en funciones: Su asesor, Joseph-Marie Córdoba Montoya, y su hermano, Raúl Salinas de Gortari, comenzaba a ser poco menos que pieza de caza en medio de una batahola de intereses crispados.

De la fotografía derivaron dos lecturas. La primera, muy obvia, guiaba hacia un posible entendimiento del “futuro presidente” con uno de los mayores “capos” de México. Y la segunda, menos creíble aunque fuese cierta, señalaba que Colosio había caído en una trampa acaso habilitada por algunos de sus cercanos -y poco leales- colaboradores. Esto último perfilaba a Luis Donaldo como un elemento copado, sin controles reales, a expensas de Carlos Salinas y sus principales operadores, entre ellos, claro, el inescrutable “doctor” Córdoba -entrecomillo el título porque jamás se graduó, como dijo-.

Además surgió una evidencia que se convertiría en el hilo conductor de la tenebrosa historia de la sucesión presidencial en 1994. La entrometida DEA estadounidense había advertido al propio candidato sobre la cercanía de Liébano Sáenz Ortiz, a la sazón coordinador de prensa y relaciones públicas de la campaña presidencial priísta y a quien se atribuían nexos soterrados inconfesables. De hecho, además de Sáenz, otros elementos afines al aspirante habían sido colocados en jaque y la DEA demandó de Colosio una respuesta al respecto. Éste, finalmente, accedió a limpiar a su equipo cuando se enteró de las infiltraciones... hasta que fue victimado.

Pese a estos hechos, incontrovertibles y tremendos, incluyendo la foto comprometedora, las tantas fiscalías especiales -la primera de ellas encabezada por el tibio Miguel Montes García, personero del abogado guanajuatense Salvador Rocha Díaz y por consiguiente de Manuel Bartlett, y los tantos procuradores que han sido desde entonces, no se han animado a seguir, en serio, las indagatorias correspondientes aun cuando mantuvieran, durante un tiempo, la línea del narcotráfico dentro de otras que confluían hacia el magnicidio.

¿Hace cuánto tiempo ya que el crimen de marras no es siquiera referente en los corrillos judiciales? En México, aseveran cuantos saben, todo es cuestión de aplicar la medicina del tiempo... provocadora de la amnesia colectiva. Y no parece haber manera de salir del pantano aun cuando surgen evidencias tremendas que contradicen las malhadadas versiones oficiales. ¿Un asesino solitario? Ni Mario Aburto, preso en Almoloya desde aquella amarga jornada de marzo de 1994, se lo cree.

La fotografía en cuestión, cualquiera que sea la lectura que queramos darle, es prueba por demás contundente de hasta donde son capaces de llegar las mafias con tal de cobrarse supuestas afrentas. No se olvide otro hecho: Colosio había optado por separarse del llamado “hermano incómodo”, Raúl Salinas, negándose a asistir a las reuniones por éste convocadas al percibir sus intenciones, esto es tratando de asegurar ciertas alianzas con vista hacia el futuro representado por el sonorense a quien, pese a sus propios antecedentes, no pudieron convertir en títere como esperaban.
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