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¿Qué magia late oculta en nuestro país para que autores tan disímbolos, en distintas épocas y con motivos misteriosos lo hayan elegido como un tema y un destino?

MÁS ALLÁ DE LAS CALAVERAS DE AZÚCAR

La barbarie y la sangre, y aquel lugar común de que aquí, “la vida no vale nada” son incontables los escritores que a partir de este territorio doloroso y contradictorio abrevaron para crear obras cumbres o sucumbir a la autodestrucción o al extravío.

PERDIDOS

Malcolm Lowry siempre aseguró que había llegado a nuestro país un 2 de noviembre.
Antes y después de él, los franceses Antonin Artaud, André Breton y Georges Perec, cada uno en diversos confines del territorio se rindieron ante los contrastes mexicanos.

A pesar de ser un pésimo lingüista, Lowry logró en “Bajo el Volcán” uno de los mejores libros situado en México que se haya escrito jamás.

Un mérito no menor ante la avalancha de escritores fugitivos extranjeros en tierras mexicanas: D.H. Lawrence, autor de “El Amante de Lady Chaterley”, Aldous Huxley, Graham Greene, Ambrose Bierce —desaparecido durante la revolución mexicana, tema de la novela “Gringo Viejo” de Carlos Fuentes— además de Stephen Crane, el misterioso B. Traven, Hart Crane (perdido en el Golfo de México), el delirante William Burroughs, el argentino Manuel Puig, Roberto Bolaño, autor de la gigantesca “Los Detectives Salvajes” y el arquetipo del autor oculto, Thomas Pynchon, escondido hasta nuestros días en algún lugar de Norteamérica.

UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO

En “Bajo el Volcán”, de un Lowry que este 2009 conmemora su primer centenario, se cuentan las últimas 24 horas de un alcohólico: un hombre poseído por fuerzas que lo exceden: lo esotérico, los presagios, la numerología, los accidentes y coincidencias, la intercesión divina, la rueda de la fortuna. Lo visible como diccionario de símbolos. El Cónsul Lowry compuso una de las leyendas literarias más resonantes del siglo 20. Anthony Burgess decía que el Cónsul esconde una “claridad sobrenatural (ese don que los dioses les dan a todos los héroes trágicos)”. “Bajo el Volcán” prueba que todas las grandes novelas son religiosas, en el sentido más latín, menos pomposo del término.

Lowry alienta una relación mágica con lo leído. Sus personajes y sus lectores nunca dejan de ansiar o temer signos de algo que debería adivinar, de algo que torcerá su destino.

En su vida y su obra, Lowry transmite como nadie el grado de impaciencia con que se espera una carta: una medida de la histeria o el afecto.

Lowry no viajaba, era deportado: de Inglaterra a México, de México a Los Ángeles, para un intento de rehabilitación bajo
vigilancia.

Se divorció de una escritora y se enamoró de otra, Margerie Bonner, su segunda y última mujer. Con ella vislumbró Canadá como horizonte. Allí encontró lo que siempre había soñado: una casa, una dirección. Se dedicó a perder manuscritos y a reescribirlos mientras traficaba promesas a los editores.

Lo fascinaba el cine de Griffith y el expresionismo alemán. Toda su ficción usó y abusó del lenguaje cinematográfico. Él, que probó sus armas en el guión con una versión sublime de “Tierna es la Noche”, le envió “Bajo el Volcán” a Orson Welles, pero el director de “Ciudadano Kane” se quejaba que en la novela, después de 40 páginas “no había pasado nada”.

Pasaron décadas hasta que la novela fue al cine de la mano de John Huston, que ya había adaptado a Melville, Traven y Crane, y más tarde haría lo suyo con Joyce. Años después, Huston sería declarado “vencedor y vencido” ante el titánico reto de la adaptación por el cubano Cabrera Infante, otro viajero forzado.

Bardo de las bardas
“Una mujer sería encantadora si uno pudiera caer en sus brazos sin caer en sus manos”.
Ambrose Bierce
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