No estarán mal encaminados quienes achaquen mis actos a las semejantes bellezas que andan por allá; en masculino y en femenino se pueden hacer enunciados de admiración a cada paso. Por eso, justamente, lo hice y no me doy por mal servida.
Ir a Cojímar es desmentir la irrealidad humana. Permite desnudar la emoción frente a una plaza blanca con una blanca panadería y un lugar en donde se puede comer casi cualquier cosa de las que sugieran las novelas de Ernest Hemingway.
Y se puede, aprovechando la circunstancia, dejar que la blanca gasa en las ventanas del escritor nos toque la piel; se puede ir a Cojímar en su barco de vela y timonear una historia personal e íntima entre la brisa marina de la isla tan angosta como interminable.
¿Y saben qué pasa en el paroxismo de esta acción? Se puede hablar con el Viejo del Mar. Está sentado, vaciado en una mecedora de fibra tejida. Todo vestido de blanco, como esperando todavía al navegante que lo hizo patrón de la nave, mira con suaves ojos, coloreados por la marea baja y se tapa un sol, inexistente con la visera de su gorra marinera, blanca también como la plaza y la panadería.
Después del capitán está la playa. Pero cuando uno hace parada en el pueblo de marras, ya el mar no invita tanto a la desnudez provocativa como a una desolada imaginación exigente, porque se espera que en cualquier momento broten de las olas el viejo, el mar, la ballena y la muerte hastiada del escritor.
Fue el otro día cuando anduve por esas calles empedradas y claras. Hace tanto que hasta el viejo del mar se murió y Hemingway fallece cada año. Pero a mí me acontece esa cosa extraña donde repito las palabras del anciano y vuelo a ir a Cojímar a cada rato.
No es aniversario de nadie hoy, pero me acordé de esto.
dreyesvaldes@hotmail,com
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