Los sitios web de las empresas que atraerán a esta generación se parecerán mañana a los sitios comunitarios de hoy, y la transformación es mucho más compleja que añadir simples comentarios y un blog.
La red social se convertirá en algo normal en esas empresas, los blogs serán un medio corriente de interactuar con su clientela y el centro de llamadas será cosa del pasado, afirman Sarah Pérez y Fabrice Epelboin. Los medios para mantenerse en contacto con esta generación deberán evolucionar continuamente a fin de estar a la altura de los usos, en constante revolución. En ciertas empresas una gran cantidad de empleados bloguea, asegurando así la relación entre la sociedad y sus clientes, y permitiendo a estos últimos encontrar un interlocutor más apto para responder a sus expectativas que un operador telefónico en un centro de llamadas del otro lado del mundo.
Esto implica obviamente cierta pérdida del control, una confianza en el seno de la empresa, otra forma de funcionamiento. La generación Y será el motor de la empresa 2.0, de sus productos y sus servicios. Esta generación espera que el mundo empresarial les ofrezca herramientas tan poderosas y eficaces como las que utilizan en la web.
En muchas sociedades cuyo departamento de informática se aferra a una tecnología anacrónica (en términos de uso), los más jóvenes no dudarán en eludir las herramientas impuestas para emplear las suyas, a riesgo de generar ganancias de productividad que la empresa no será capaz de explicar y mucho menos de generalizar.
Todo ha sucedido con la anuencia de una dirección que tal vez no comprendía necesariamente lo que pasaba, pero le interesaba que la generación Y (y los más visionarios de la generación X) reinventaran una sociedad que estaba envejeciendo. La generación Y está pegada a su teléfono celular, “…la generación Y, aprecia el móvil como una herramienta de socialización en primer lugar”. Si usted pretende venderles un producto, reclutarlos o atraer sus votos, tendrá que transformarse según sus usos y su cultura, los cuales son radicalmente diferentes. Tratar de forzarlos a adoptar la cultura de sus ancestros no tiene más posibilidades de éxito que haber intentado obligar a los niños de los años 70 a ponerse uniforme en la escuela. Los que han probado, han fracasado. Aún es tiempo de incluirlos más que de enfrentarlos.
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