¿Qué es un hipster? ¿Qué tan cercana es la actitud moderna a su sentido original? ¿Se trata sólo de una apariencia intelectual aderezada con lentes de pasta gruesa, comida orgánica, tenis de lona, coquetos sombreritos y rock indie?

EN EL PRINCIPIO FUE EL VERBO

Hace más de 70 años el término “hipster” fue acuñado para designar a los amantes del jazz, sobre todo, a los que no eran de raza negra. Se presume que, etimológicamente, la palabra “hip” habrían descendido del vocablo africano “hipi”, que significaba: “para ver”, que derivado en el uso en “hep”, entre el argot de los jazzistas servía para designar a todo aquel interesado en las culturas emergentes. De ahí que los músicos y fans del jazz de entonces fueran conocidos como “Hepcats”. La eclosión de géneros como el swing reemplazó al “hep” por “hip”. Fue entonces que muchos blancos buscaron desclasarse y hallar nuevos horizontes por medio de la música. Se decían a sí mismos “los despiertos”.

Soltar todo y largarse

El hipster de entonces buscó adoptar la experiencia vital de sus ídolos en su vestimenta, su forma de hablar, una humildad material autoimpuesta, el uso de la mariguana y una cierta libertad sexual. Si se quiere un retrato consistente del hipster de ese tiempo véase la fábula antibélica escrita por Ted Hughes y luego animada para cine: “The Iron Man”.
En el libro “Historia del Jazz Moderno” se le esboza así: “El hipster es un hombre subterráneo. Él es para la Segunda Guerra lo que el dadaísta fue para la primera. Es amoral, anarquista, cortés y sobrecivilizado al punto de la decadencia. Él conoce la hipocresía de la burocracia y el odio implícito en la religión, por eso busca algo que trascienda toda esta sandez”. De ahí que haya quien emparente a los hipsters con el surgimiento de la Generación Beat: mientras los primeros eran una especie de dandis urbanos y los beats gustaban calzar gastadas sandalias y un estilo de vestir más descuidado, florecieron ciertas coincidencias.
Neo lengua

Luego, autores Beats como Kerouac y Ginsberg llegaron a renegar de los primeros, a quienes veían más como seres tan desconfiados de lo ordinario que apenas eran capaces de soportar la realidad. Algo late detrás del término “hippie”: hipsters que envejecieron y en venganza acuñaron el peyorativo “hippy”, para mofarse de sus jóvenes sucesores. Muchos años después de la muerte consecutiva del ideal hipster, beat y hippie, en la década de los 90, algún ocurrente nostálgico empezó a describir a los jóvenes urbanos de clase media y alta con intereses culturales alejados de lo promedio como “hipsters”: manadas enamoradas de la música y el cine independiente, la comida orgánica, la defensa del medio ambiente, ropa nueva con apariencia desgastada, autonombrados “alternativos” y progresistas.
Como toda moda que se toma demasiado en serio, aquello derivó en caricatura: los “hipsters” o muchos de los que pretendían serlo se asumieron como una minoría educada que organizaba fiestas exclusivas, se ponían irónicos y condescendientes con las “clases inferiores”, lo que los fue identificando ante la percepción general como seres superficiales, pretenciosos y ensimismados.

Rebelión edulcorada

Sobre todo para quienes vivieron los años 70 y el punk de los 80, el hipster resumió a gente vistiendo modas “alternativas” costosas, que no se inclinaban por una filosofía en particular. Mercenarios apropiándose de cualquier cosa que fuera popular y despojándola de su sentido original. Así, la mayoría de ellos construyeron su identidad a la manera de un playlist en su iPod, aleatoria, desinteresada y negligentemente: cualquier ideología quedó descartada, eligiendo un esmerado desaliño por bandera. Hay quien ha ido más lejos y ha visto en el metrosexual la apropiación hipster de la cultura gay. Paradojas del consumismo: hipsters actuales que son a la poesía beat lo que Avril Lavigne al anarquismo de Bakunin o Proudhon.
De ser un movimiento que buscó hace décadas otros caminos para una sociedad represora y anquilosada, el hipster de hoy terminó muchas veces como esclavo del mass media –aprendiz de todo y oficial de nada– sonámbulo y consumidor de la cultura moderna como quien bebe un coctel de realidad deslactosada.

BARDO DE LAS BARDAS

“La vida es mi arte, protección frente a la muerte, así sin autorización vivo”.

Jack Kerouac
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