Los valores humanos, los ideales, el sentido religioso de la vida, los patrones de comportamiento formaban un conjunto de vivencias que se repetía en cada generación. El patrón se rompió con la época industrial. Al desintegrarse la familia agraria en la que padres e hijos laboraban el campo siguiendo las normas de sus ancestros, surgieron nuevos estilos de vida en torno a la economía regida por la industria: el padre deja el campo para ir a la ciudad en busca de mayor ingreso, los hijos lo siguen, y poco a poco la familia sufre un cambio en su sistema de valores.

En nuestra era tecnológica la radio, prensa, televisión, Internet y celulares introducen otras formas de vida y comportamiento, las cuales ejercen una poderosa influencia en las nuevas generaciones. La niñez y la juventud adoptan formas diferentes de pensar, de hablar, de sentir y de actuar.

El reto para los padres de familia se convierte en obra de titanes: Luchar contra el ambiente de violencia y drogas. El desafío los obliga a actualizarse, a utilizar ésta misma tecnología para conservar aquellos valores e ideales de los ancestros, y les exige una educación permanente como padres. Si consideramos que para obtener una promoción o un título universitario estudiamos, investigamos, nos desvelamos, ¿cuánto mayor tiempo y esfuerzo deberá costarnos la formación de nuestros hijos, que es la tarea más importante de nuestras vidas?
Aunque los queramos con toda el alma, estamos en un grave error si pensamos que el cariño mismo nos dictará cómo educarlos. El amor a los hijos es lo más importante, ciertamente, pero no basta. Educar a los hijos es una tarea compleja y delicada que exige preparación y dedicación: Interés por las ciencias relacionadas con la conducta humana, la comunicación, la sicología, sociología, y aunque nos cause asombro, la mercadotecnia.

¿Por qué la mercadotecnia? Porque es necesario vender ideas luz a los hijos, presentando los valores que edifican en forma atractiva y seductora para contrarrestar las tendencias devaluatorias que se nos presentan como imán en películas, canciones, espectáculos. La aplicación de la mercadotecnia a la transmisión de los valores legítimos es muy útil. ¿Decimos que deseamos vivir en un país verdaderamente democrático? Si es así, los padres tenemos la obligación de hacer de nuestros hijos ciudadanos responsables, instruidos, comprometidos y, sobre todo, personas de gran calidad humana.

La tarea de educar es difícil en nuestra época, caracterizada por el materialismo y el desenfreno. Es difícil, pero no imposible; incluso, puede ser fascinante. El secreto del educador es no desanimarse ante los obstáculos, sino en convertirlos en posibilidades. Eso requiere un propósito a prueba de fuego, y el vivir orientado hacia la meta: La construcción de una familia feliz, rica en valores humanos y espirituales para construir una patria nueva.

Aún cuando el tema de los valores es considerado relativamente reciente por la filosofía, los valores han estado presentes desde el inicio de la humanidad aunque éstos parezcan cambiar o desaparecer en las distintas épocas. Es precisamente el significado social que se atribuye a los valores uno de los factores que influyen para diferenciar los valores tradicionales, aquellos que guiaron a la sociedad en el pasado, —generalmente referidos a costumbres culturales- y los valores modernos, compartidos por las personas comprometidas con la superación social.

El valor se refiere a una excelencia o a una perfección. La práctica del valor desarrolla la humanidad de la persona, mientras que el contravalor empobrece sus relaciones por sus modos de conducta, y afecta poderosamente los estados deseables de existencia: paz, libertad, felicidad, bien común. Así descubrimos la raíz: la familia es el lugar ideal para forjar los valores; los valores que se viven en casa -también por los padres- se trasmiten a la sociedad como forma natural de vida.

Toda familia unida es feliz sin importar la posición económica; los valores no se compran, se viven y se otorgan como el regalo más preciado que podemos dar. Y, aunque no existe la familia perfecta, sí aquellas que luchan y se esfuerzan por lograrlo.


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