La izquierda en México se regocijó ante una fotografía de oportunidad, durante el arranque en la campaña de Alejandro Encinas por la gubernatura del Estado de México. En ella aparecen Cuauhtémoc Cárdenas, Andrés López Obrador, Marcelo Ebrard, Jesús Zambrano, Carlos Navarrete y el mismo Alejandro Encinas. ¿Es suficiente una fotografía para borrar el encono y el resentimiento acumulado a lo largo del tiempo entre ellos? ¿Cómo ignorar la carta pública de Cárdenas a la escritora Elena Poniatowska, en la cual asegura que López Obrador tiene en su círculo cercano de colaboradores a los que instrumentaron el fraude de 1988, e impusieron a Carlos Salinas de Gortari en la Presidencia de la República? ¿Cómo pasar por alto la existencia de dos bloques: El de los puristas que rechazan las alianzas con los panistas; y el de los pragmáticos, que las favorecen?
Sonrientes en la foto (todos dijeron whisky, nadie dijo Vodka); Andrés Manuel y Alejandro quedaron en el primer grupo; mientras Marcelo, Jesús y Carlos terminaron en el segundo, con un impasible e indescifrable Cuauhtémoc que hervía de emoción en su interior.
La fotografía habla bien de la capacidad de convocatoria de Alejandro Encinas; pero nada más. La fragmentación de la izquierda en México es profunda y difícil de sanar. Más allá de las diferencias que existen a su interior, respecto a cómo acceder al poder; su modelo de hacer política exige, de igual manera, cometer actos de corrupción y de clientelismo electoral para impulsar sus respectivas agendas.
¿Quién puede ignorar que Carlos Imaz y René Bejarano señalaron, en su momento, que Rosario Robles los había enviado a recoger el dinero de Carlos Ahumada (con todo y ligas)? ¿Cómo soslayar los contratos millonarios que Robles otorgó a éste ultimo (porque ambos mezclaron las hormonas con los negocios)?
¿Cómo voltear para otro lado, cuando el mismo Bernado Bátiz Vázquez, titular de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF), la exoneró de toda averiguación previa sobre fraudes delegacionales? La cereza en el pastel la puso (con delicadeza), Amalia García Medina, entonces diputada federal y candidata del PRD a la gubernatura de Zacatecas, al sostener que “la decisión de Rosario Robles de renunciar al PRD, era muy valiente y de mucha determinación, porque con ella buscaba cuidar al PRD”.
¿Humor involuntario de Amalia? ¿Protección de género? Ni madre, años después ella misma estaría en el mismo hoyo: Terminada su administración ella fue acusada de comprar 3 mil 448 botellas de mezcal “Don Antonio Aguilar” por parte del DIF, sin motivo expreso; de pagar un salario exorbitante al ex secretario de Finanzas Jorge Miranda Castro por 250 mil pesos mensuales -por encima del salario del Presidente de la República, Felipe Calderón- y erogar 102 millones para conciertos populares con artistas como Juan Gabriel o Alejandro Sanz (etcétera: 25-11-10). Al final del día, a través de 23 auditorías, el gobierno zacatecano le encontró a Amalia irregularidades en pagos, facturas y contratación de créditos, por un monto cercano a los mil 500 millones de pesos.
En el 2006, el académico Jesús Ramírez Cuevas ofrece un botón de muestra que vincula al PRD con el clientelismo electoral:
“En las recientes elecciones internas para elegir candidatos a legisladores y delegados en el DF, la Dirección General de Desarrollo Social de la delegación Coyoacán, encabezada por el perredista Miguel Bortolini, ofreció despensas a la población, en especial en la zona de Pedregales. A los interesados se les entregó un vale color amarillo canjeable por una despensa si mostraban el dedo marcado con tinta indeleble y entregaban copia de su credencial de elector”. “En la delegación Tlalpan, los funcionarios participaron, en horas de oficina, en la campaña del perredista Guillermo Sánchez y utilizaron los directorios de las personas que reciben apoyos económicos de la dirección Desarrollo Social para pedirles que fueran a votar por Susana Manzanares y por Sánchez. Se ofrecía a la gente darles algún tipo de beca si votaban por sus candidatos en la delegación”.
“Por si no bastara, los enlaces territoriales repartieron despensas en zonas de alta marginalidad, a los padres de familia en escuelas, kinders y primarias, a cambio de votar por Guillermo Sánchez. A los adultos mayores que tramitaron su CURP se les pidió copia de la credencial de elector y el compromiso de que votaran por Sánchez”.
“Eso para no hablar del duelo de despensas que libraron Clara Brugada y Horacio Martínez”.
Insisto, más allá de las diferencias ideológicas que enfrentan a puristas contra pragmaticos; la izquierda en México está preñada de corrupción y clientelismo electoral.
Esta situación compromete de manera puntual, el surgimiento de un nuevo perfil del militante de izquierda que impulsaría un partido de social demócrata en México con un marcado rostro priísta (continuará).
| Comparte ese artículo: |
|



