Enero de 1933 fue un mes histórico para el mundo moderno. Adolf Hitler, hombre sagaz y obsesionado, inició las maniobras para tomar el poder de una Alemania destruida y en crisis profunda. Primero formó una coalición de partidos y fuerzas políticas para obligar al viejo Hindenburg, presidente de la Alemania en ruinas, para que lo nombrara canciller, manipulando a su gabinete, y luego obtuvo el apoyo de políticos conservadores y grandes empresarios, hasta que el 30 de enero obtuvo el puesto que le permitiría tener el poder de facto de esa nación, gracias a las presiones ejercidas por esos industriales que, como recompensa y a lo largo del mandato de Hitler, terminaron siendo ejecutados, confinados en campos de concentración o exiliados para poder salvar sus vidas. Después, desatando una enorme violencia social, instauró el Tercer Reich, el Tercer Imperio, que iba a durar mil años, aunque terminó con su muerte en 1945, después de provocar la guerra más cruenta de la historia de la humanidad.

Hitler no estaba loco. Pero enloqueció a un pueblo durante más de una década y, aun cuando les motivó a trabajar y reconstruir un país que estaba viviendo la crisis económica más severa de su historia, organizándolos y construyendo una imponente planta productiva, los orilló a cometer asesinatos terribles sin que fueran muy conscientes de ello, argumentando toda injusticia por el acto simple de poner suficiente comida en el plato de la gente del pueblo alemán, dándoles casa, trabajo y militarizando a la sociedad civil.

Desde el inicio de su carrera política, Hitler dijo exactamente lo que la gente quería oír y lo pronunciaba de forma tan convincente que envolvió y sedujo a casi todo aquel que lo escuchaba. A pesar de que su partido se llamaba NacionalSocialista, el régimen que impuso fue fascista, lo que nos indica que el nombre del partido no guarda mucha relación con su programa político real.

Prometió no sólo la igualdad para todos los alemanes arios, sino que los enajenó con la idea de que ellos, sus partidarios, eran superiores a todas las demás razas humanas, y por tanto, con pleno derecho a dominarlos, a esclavizarlos o a extinguirlos, según fueran sus características antropomórficas.

Antes de colarse al poder, en el año de 1932, y aun cuando todo parecía indicar que iba a ganar las elecciones para presidente, las perdió por un estrecho margen, y no aceptando el resultado, promovió una ola de revueltas y violencia callejera que forzó al nuevo gobierno al colapso. Hindenburg, ganador legítimo, se vio forzado a pactar con Hitler, que fue nombrado canciller alemán, en ese enero de 1933.

Posteriormente, y aprovechando la debilidad de sus oponentes, Hitler convocó a nuevas elecciones, pero una semana antes de las votaciones, ordenó un incendio en el edificio del Reichstag y se asumió líder absoluto, promulgando leyes de excepción, persiguiendo y eliminando a sus adversarios políticos.

Obsesionado con la idea de que el poder económico estaba en manos de sus poderosos rivales imaginarios, los judíos, los llamó ladrones y movió al pueblo alemán para que los despojara de todo, hasta de la vida, con su famosa fórmula de la “solución final”. ¡Qué duda cabe de que también el NacionalSocialismo fue un proyecto alternativo de nación! Hitler jamás dudó de las decisiones que tomaba y nunca titubeó al ofrecer cosas imposibles de cumplir, como, por ejemplo, un régimen que iba a apoderarse del mundo, que le pertenecía por el claro designio de los dioses.

Como a tantos otros líderes carismáticos, la gente le creyó, porque tenía la necesidad de creer en alguien y mantener la esperanza de un futuro mejor. Se aprovechó del mecanismo de las elecciones democráticas para subir al poder y, una vez ahí, instauró un régimen totalitario con un partido único.

Era caprichoso, voluble e intolerante con la opinión de los demás, pero no un loco. Era un soñador que casi logra destruir a su patria con sus sueños. Aprendamos de las lecciones de la historia, para no cometer los mismos errores. República Amorosa o Imperio de los Mil Años, el líder que engaña y el ingenuo seguidor de esa utopía pueden provocar los mismos desastres. Dios nos agarre confesados.
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