PERO CADA DÍA PASABAN frente a la casa y se bañaban en el charco formado a media calle.
Retozaban en el lodo entre gruñidos de júbilo, hasta que Chencho soltaba al Volcán y comenzaba la cacería.
UN PERRO ENLOQUECIDO detrás de los marranos…
CUANDO LOS ALCANZABA empezaba a rondar, sin atacarles, hasta que se aburría de ellos y se iba mansamente a su casa.
AL OTRO DÍA era lo mismo.
COMO SI LO HUBIESEN olvidado, los marranos volvían al mismo charco, al mismo lodo, y el Volcán salía a perseguirlos unos 15 metros… ni los mordía ni los atacaba, para al final retirarse tranquilamente.
DEBER CUMPLIDO…
¿QUIÉN PODRÍA llamarse a sí mismo perro si no tiene la fuerza para obedecer al amo, aunque sea por compromiso? SIN HACER MÁS de lo que todo mundo espera.
HASTA QUE UN DÍA el Volcán no salió en persecución de los marranos…
bueno, en realidad estaba listo para salir, pero el Rocambole se le adelantó.
¿CÓMO FUE? NADIE RECUERDA exactamente, pero brincó la cerca de tablitas de su casa y se les fue encima a los marranos, que a desgano ejercitaron la rutina… correr a todo lo que sus piernas cortas daban, y detenerse 15 metros después para aguardar a que el perro hiciera el trabajo de ladrarles un poquito y se fuera después, a descansar.
PERO ESTA VEZ no era el Volcán…
EL VOLCÁN se había quedado estupefacto… vio que otro can tomaba el sitio que le correspondía por antigüedad y se quedó mirando, con un leve gruñido ahogado en la garganta.
PERO ESE ROCAMBOLE no sabía de formulismos…
PENSÓ QUE LA COSA era en serio, digo, si es que los perros piensan, porque parecía muy decidido a cumplir con la responsabilidad que el Volcán solía dejar inconclusa a diario.
O a lo mejor ya se había cansado de tan alta dosis de simulación.
EL CASO ES QUE ENCAJÓ el diente en la pernera de uno de los marranos prietos…
¡Santa Petra la callosa!, clamó Galdino, quien por fin se apersonó en la escena.
Era el dueño de los cuinos…
Tres ó cuatro vecinos, a una, salieron con palos de escoba y los dejaron caer con furia inusual sobre el espinazo de un confundido Rocambole.
EL AULLIDO DEL CAN y su escape hacia su casa llevaba implícito un dejo de reproche…
“¿Qué no es esto lo que querían?”, parecía preguntar mientras alcanzaba a ladrar levemente, asomando el hocico por encima de la cerca de tablitas.
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