Andaba un señor apuradísimo buscando un zapatito. Su rango de búsqueda era de 10 cuadras en línea recta; dos consignas tenía sobre su lomo: llevar a rastras al distraído descalzado y no volver a casa sin semejante prenda.

El hombre llevó al chihuahueño, aplicando toda su fuerza, a recorrer nuevamente el paso dominical con tal de encontrar la prenda extraviada so pena de que su mujer lo divorciara, desheredara o peor tantito, cumpliera su amenaza de llevar a vivir a su madre con ellos. Sí, aludí a un perro, pues ese tal canino fue el causante de las desventuras masculinas que debió padecer aquel pobre marido, todo ello a causa del atuendo que portaba la mascota, consistente –el atuendo- en camisetita, viscera y cuatro lindos zapatitos atados con agujetas.

Desconozco si encontró o no el zapato de marras. Si lo hizo, seguro evitó un gran conflicto familiar, pero lo que nadie les va a quitar, a él y al perro, es la confusión existencial. ¿Cuánto se debe invertir para quitarle la animalidad a un animal? Bueno, no es tan loca mi idea, hay leche sin lactosa y café sin cafeína.

Hasta donde mis limitados conocimientos zoológicos llegan, los animales nacen listos para vivir en sus entornos de origen. Es decir, tienen un chip programado para sobrevivir al clima, encontrar alimento en su entorno, aparearse cuando es necesario y combatir cuando resulta urgente. Pero ahí va la necia humanidad a guardarlos donde no corresponde y a hacer una labor ardua para convencerlos de que necesitan protegerse de lo que debiera serles común y taparse vergüenzas que ellos ni siquiera concebían en sus bestiales y muy bien aceitados cerebros.

El caso de los perros llega a ser patético –y el de muchos señores que deben llevarlos a pasear también-, pero también hay gatos con gafas y tortugas con bufanda. Debo confesar mi preocupación por todo eso, pero en realidad todo esto ha sido introducción para confesarle mi pavor respecto de otro: ¿a qué hora empezamos a ofertar hombres sin hombría?

No paso por alto las diferentes condiciones vitales donde habitamos hoy en día, pero sé de cierto que el hombre era tan ingenioso como sus tribulaciones y crecía ejercitándose para enfrentar las dificultades que implica la supervivencia. Pero eso de ser humano nos pareció demasiado deshumanizado y por dar un ejemplo, a los indígenas resistentes al frío los hicimos vulnerables dándoles según necesidades urbanas y ayudándoles a olvidar cuán capaces son de producir, adaptarse y vivir mejor en sus propios medios; claro, enseñarlos es más costoso y filantrópico y no tenemos tiempo para ello. Igualito hacemos las mamás que mandamos al hijo en suéter porque nosotras estamos entumidas.

Nos hemos entretenido los últimos tres mil años en quitarle al hombre su esencia, porque al cabo somos, como el café y la leche, objeto de nuestro deseo y producto de nuestra imaginación. Si lleváramos etiqueta, diría justamente así: Hombre sin hombrina.



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