Desde luego que el mejor plan para cualquier persona en sábado por la noche no debería ser la televisión, pero la verdad yo tenía bastante con Dennis Miller o Norm McDonald dando las noticias, Dana Carvey imitando a George Bush padre, Tim Meadows con su “Lady’s Men”, Jim Bruer con su imitación de Joe Pesci, Will Ferrel y sus parodias de Jeopardy o Inside Actor’s Studio, etcétera.
Para muchos mexicanos el humor gringo resulta soso e incomprensible. Claro, el chiste se construye de marcas culturales y en ese sentido no todo lo que a ellos les causa gracia nos la provoca también a nosotros.
Sin embargo, se planteó una propuesta original de comedia, el sketch, donde los recursos creativos se multiplicaban porque la idea no era sólo contar chistes, sino representarlos, hacerlos manifestarse en medio de una historia. No cualquiera entra a las generaciones de SNL, tanto actores como escritores. Los jóvenes intelectuales de Greenwich Village mueren por escribir para SNL, tanto por el sueldo como por el hecho de que se trata de una institución de respeto.
Aquí, en cambio, desde la Carabina de Ambrosio no hemos vuelto a tener un programa de respeto que fuera semillero de comediantes. La discusión sobre quién es el mejor se restringe a dos nombres (Derbez y Bustamante) mientras allá hay decenas.
Una de las funciones del chiste reside en que es una vía para explorarnos; es literatura veloz y breve. Divierte (y con eso nos da suficiente), pero nos hace reflexionar. Eso está muy lejos de lo que ofrecen las escuelas de Ortíz de Pinedo con sus poco creativas y elementales improvisaciones, donde no surge esa alta categoría de la inteligencia, el humor. Quizá apenas una risa fugaz por la manera en que sus actrices se prestan para las “vueltitas”.
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