Un entrañable amigo de esta columna me dijo que lo mejor del 2012 sería, sin duda, que será el último año de la gestión de Felipe Calderón y su acumulación de cadáveres; otro alegó que no porque, para él, lo más terrible será la confrontación de las mafias, del narcotráfico sobre todo, y la vida institucional del país, es decir con los comicios federales en medio. La perspectiva está muy lejos del tradicional optimismo con el que solemos arrancar enero con los bolsillos vacíos pero una gran alforja de propósitos –muy pocas veces cumplidos- desdeñosos de los lastres de siempre.

Desde luego, han bajado considerablemente los niveles de gobernabilidad en una nación bajo el acecho del primer mundo, aunque integremos por razones estratégicas el Grupo de los 20 como si, de verdad, nuestra economía “emergente” nos permitiese competir con quienes, en serio, delinean proyectos y el destino universal –además del poderoso vecino del norte, los gigantes asiáticos y Alemania y Francia, líderes visibles de la Unión Europea. México ya no es la voz influyente y ponderada que exaltaba el principio rector de autodeterminación de los pueblos como garante de las soberanías de los pueblos débiles ante los poderosos, siempre con sed de conquista. Y tal
modifica, señaladamente, nuestro papel en el concierto universal.

Es curioso: cuando salimos de México podemos percibir un análisis, digamos, más global de cuanto sucede no sólo alrededor nuestro, sino en el mundo con desafíos tremendos a la paz mundial. Dentro, en cambio, nos centramos en las notas rojas que los noticiarios de televisión han convertido en centros de sus informaciones con soslayo de los constantes reacomodos en el globo terráqueo, algunos de ellos amenazadores para nuestro futuro y no porque creamos en el Apocalipsis de los mayas, estereotipo manipulador para mantener en vilo a una sociedad medrosa y arruinada, sino como efecto, precisamente, de las ambiciones externas, por lo general perversas, que dirigen la vista hacia México para contaminarlo con el horror. ¿Estamos preparados para ello? Pues no. Y eso que hace tiempo prevemos, entre otras cosas, un recrudecimiento del terrorismo ya no sólo mediante conatos aislados.

Hay ocasiones en las que perdemos el piso. Recuerdo una conversación con el doctor José Ángel Córdova Villalobos, ex secretario de Salud y afanoso buscador de la gubernatura de Guanajuato –pelea contra los cacicazgos de su propio partido para que no existan dudas sobre los mecanismos “priístas” del nuevo PAN-, cuando él, defensor del mandatario Calderón claro, defendía las estadísticas e insistía en que, por ejemplo, más se mueren de diabetes cada año que como consecuencia de la violencia. Me permití, entonces, hacer un símil:

--Fíjese, doctor: desde su aparición, hace más de cuarenta años, el ETA vasco, grupo terrorista disfrazado de un nacionalismo descocado, se adjudica poco más de ochocientos asesinatos. Si los comparamos con cuantos mueren en las carreteras peninsulares la cifra resultaría ridícula; y, sin embargo, es vista como uno de los grandes flagelos de los españoles –y los franceses-, horrorizando al mundo con sus golpes contra personas inocentes. Y en México... sólo en un sexenio ya llevamos –entonces- cuarenta mil muertos. ¿Qué le dice eso?

--Que, desde luego, es un punto de vista muy interesante.

Y luego volvió a señalar sus deseos de candidatear para Guanajuato aunque aún no perdía del todo sus ilusiones de ir “por la grande”, gracias a los reflectores ganados durante la fatal semana de la influenza en abril de 2009, unos días que acabaron por estigmatizarnos en el mundo para abaratarnos más ante los ávidos ojos de los inversionistas foráneos, listos a comprar a precios de oferta para ampliar sus réditos en un santiamén. Así ocurrió, claro, con la complacencia de un gobierno en ausencia, esto es sin controles e incapaz de velar por los intereses nacionales ante la rebatiña de especuladores internacionales. Cuando llegue la hora del juicio a Calderón será muy difícil obviar u olvidarnos de este punto trascendente.

Nada cambió a través del año que se nos fue de las manos. Si acaso, estamos ahora más confundidos que antes. Me niego, y con este columnista muchos más mexicanos, a optar, otra vez, “por el menos malo” bajo las inducciones del marketing político; no acepto, tampoco, negar el futuro por ausencia de visionarios capaces de construirlo. ¡Caramba! Debiéramos los mexicanos, por un instante de la historia siquiera, ponernos de pie, olvidarnos de los traumas de la Colonia extendida e tres siglos y sentirnos conquistadores, esto es capaces de defender lo nuestro con el mismo vigor como lo hicieron algunos de los que dieron vida a la epopeya mexicana. Sería éste, sin duda, un extraordinario propósito de Año Nuevo aunque parezca a contracorriente de una realidad lacerante.

Pero, la verdad, amigos lectores, ya me cansé de observar el paso de los sexenios que sólo producen nuevos aristócratas intocables. Sin importar partidos ni tendencias. ¿Acaso no son amigos Diego Fernández y Manuel Bartlett?¿Y Carlos Slim y el ex presidente socialista de España, Felipe González? Si a esas vamos, nada de extraño tiene, a estas alturas, que Andrés Manuel López Obrador, amoroso ahora, extienda elogios hasta a Fox y Calderón como estrategia para parecer distinto. No falta mucho para que se integre a los franciscanos del Convento de la Cruz, en Querétaro, que hace tiempo, por cierto, no me han invitado ya a conversar con ellos. No olvido aquellas experiencias casi místicas. Espero que la censura no les haya alcanzado también a ellos.


Debate


El problema fundamental de nuestro país es, sin duda, la gobernabilidad. Fox se quejó de que el Congreso, en su mayoría opositor a su administración, se convirtió en un freno al cambio porque no aprobaba todas sus iniciativas. Y Calderón alega que lo sitió el crimen organizado a punto tal que no tuvo empacho en lanzar tal acusación respecto a los comicios michoacanos por puro ardor fraternal. ¿Dónde están allí los defensores de “La Cocoíta” y las consiguientes movilizaciones que surgen, de manera natural, tras un fraude escandaloso o la evidencia de un engaño mayúsculo?

Pero el daño, como en la semana de la influenza, está hecho. En los diarios europeos se recoge, en sus diversos anuarios, una cita que nos coloca en el nivel de los pueblos en donde la delincuencia organizada manda y tal conclusión deriva, precisamente, de las declaraciones del señor Calderón sobre la presencia del mismo en los comicios “regionales” de su tierra en los que el Estado Mayor Presidencial se dedicó a cuidar a su hermana mayor mientras los narcos dominaban, según dijo, el proceso. ¿Quién, en todo caso, fue el principal responsable? Además, por si fuera poco, nuestro propio gobierno nos coloca, ante el mundo, en una situación ominosa, es decir en calidad de rehén de los perversos criminales... como invitando al mundo, es decir a los nuevos conquistadores que cambiaron caballos por bancos, a rescatarnos. ¿Es ésta la gran aportación de Calderón?

Recuerdo a algunos defensores del señor Calderón quienes alegaban que eran los periodistas quienes, al publicar las notas negativas, ensuciábamos la imagen de México, específicamente en el exterior. Pues no: El principal detractor de la perspectiva mexicana es el señor Calderón, quien lanzó una acusación sin denunciar en concreto a nadie, como es su obligación constitucional. Y nos llevó a todos entre las patas. Ésta es, sin duda, la peor de sus herencias tras el finiquito del deplorable 2011. Y faltan todavía once meses... aunque sean los últimos.


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