Observemos, una vez más, la pretendida reforma que posibilitaría, entre otras cosas, la segunda vuelta electoral, la reelección directa de alcaldes y legisladores, la regularización de las candidaturas independientes y la reducción de escaños y curules “plurinominales”. El abanico, por supuesto, permite disentir en algún punto pero NO parece ético rechazar todo el conjunto por el prurito de darle un traspié al titular del Ejecutivo federal en abono de una oposición obcecada y, como tal, tuerta.
Este columnista, desde que la conflictiva poselectoral de 2006 develó las miserias de los procedimientos comiciales, consideró indispensable legislar en materia de una segunda vuelta electoral definiendo el propósito central: el imperativo de recuperar el consenso mayoritario para romper el cerco de los gobiernos minoritarios por efecto de la diversificación de fuerzas políticas. En 2006, de acuerdo a los viciados escrutinios, dos de los postulantes alcanzaron un porcentaje similar de votos, el 35 por ciento, con el consiguiente rechazo del 65 por ciento restante en cualquiera de los casos.
En cada una de las acciones oficiales, a partir de este hecho, se ha podido sentir un profundo tufo de radicalización, esto es como si no contara para cada grupo en pugna el criterio de los demás. Ello ocasiona no sólo una profunda distorsión de la realidad sino igualmente enormes dificultades para la necesaria puesta de acuerdo entre cuantos integran gobierno en alguno de los tres poderes de la Unión.
Para infortunio general, el asunto ha caído en la enferma polarización facciosa. Cada partido, en voz de sus dirigentes, ha optado no por el interés general sino de acuerdo a sus propias apuestas, apartándose de la vocación democrática para anidar en sus apretadas consignas. Así, en el PRD se observa que podría, de cara a los comicios de 2012, quedar a la zaga y por ende se inconforma; en el PRI se inquietan por las alianzas regionales del PRD con el PAN –un absurdo ideológico difícilmente defendible- y suponen que ello habilitaría el consenso de ambas fuerzas para el caso de presentar un bloque común, en una hipotética segunda vuelta, contra el Institucional; y hasta en el PAN, en el sector reacio a recibir línea de Los Pinos, se cuestiona la propuesta porque podría conllevar una posible alianza soterrada con el postulante vanguardista, por ahora, el priísta Enrique Peña Nieto.
Es decir, cada quien observa el juego desde su peculiar punto de vista y no desde la perspectiva de avance democrático que obliga, subrayo, a volver a exaltar la voluntad mayoritaria aun cuando ésta sólo proceda de quienes ejerzan el derecho a voto. Los abstencionistas, por decisión propia, quedarán marginados sin solución alguna aun cuando su decisión sea consecuencia de su rechazo a procedimientos, partidos y candidatos; una postura cuestionable, si se quiere, pero válida y legítima.
Es aberrante que las corrientes más pretendidamente democráticas basen sus estrategias sólo en sus personales apuestas y en los momios que surgen de ellas. No han variado los criterios desde la arribazón de la derecha al poder Ejecutivo federal con una izquierda igualmente obcecada en su intransigencia y controvertida por acceder a un gobierno, ocupando curules y escaños, al que no reconocen por cuanto toca al mandatario en ejercicio. ¿Cómo explicar, razonablemente, su disposición a combatir los “cacicazgos” priístas arropados con el gobernante PAN? Una interrogante que desnuda motivaciones y propósitos.
No encuentro una fórmula más eficaz que la segunda vuelta comicial para acceder a un proceso de madurez democrática con el apoyo sustantivo de, cuando menos, la mitad más uno de los sufragantes. Nada ha sido más grave para el país que mantener a un presidente copado y cooptado, pagador de facturas electorales y bajo el permanente chantaje de quienes disienten con él. Y como nadie se anima a proponer una ruta hacia el parlamentarismo, la otra orilla, hemos vuelto a quedar a la mitad de nada, entrampados por la soberbia sectaria y sin el menor atisbo de grandeza política.
Pero si el mandatario cuestionado, al fin, se anima a dar un paso trascendente para salir del marasmo de la demagogia infecunda, ¿por qué, entonces, no se busca la posibilidad de alcanzar algunos puntos de acuerdo sobre lo esencial, esto es el proceso de maduración del gobierno y la sociedad?
Debate
Insisto, es razonable cuestionar algunos enunciados de la iniciativa de Los Pinos pero no pretender quedarse, de nuevo, en punto muerto. Insisto en que, como muestra, la pretensión de avanzar hacia la reelección directa de alcaldes y legisladores sólo determinará la consolidación de los cacicazgos, los aldeanos y los parlamentarios, en una nación en donde las permanencias excesivas –el porfiriato, el PRI-, han significado el derramamiento de mucha sangre amén de dolorosas y largas secuelas de bandolerismo político y sus convergencias, las asonadas y los crímenes desde el poder.
Además, en una convulsa Latinoamérica en donde anidan los mesianismos con enorme facilidad –el “iluminado” venezolano Chávez, contra la marea, ha expresado que gobernará once años más a un país atemorizado-, bien valdría repasar nuestra propia historia para encontrar los antecedentes que, de modo alguno, estimulan la propensión hacia el reeleccionismo, más bien la condenan. Bastaría situarnos en los últimos, magros intentos, para captar, a simple vista, los riesgos inmensos del caudillaje, peor si éste se institucionaliza, y sus aplicaciones siempre facciosas –o fascistas-.
No es este el encuadre que conviene para México pero es menester discutirlo, agotando posibilidades, hasta llegar a conclusiones consensuadas y no impuestas. De otra manera seguirá negándose el principio básico de la democracia que surge, desde luego, del debate y la capacidad general por convivir con quienes no coinciden pero mantienen objetivos generales comunes tales como la viabilidad nacional. Ni modo que entre los mexicanos se niegue la soberanía nacional o se antepongan intereses aristocráticos al estilo de los absurdos llamados de los conservadores al rubio enajenado de Miramar en el siglo XIX.
No caigamos, por obcecación y torpeza, en la negación contumaz de cuanto no surja del grupo afín. Porque con ello se llega al absurdo como cuando Beatriz Paredes, bajo el peso del sectarismo, apuró que la iniciativa comentada en estas líneas no va a favor del ideal democrático sino busca privilegiar a la derecha en su propósito de aumentar coberturas. ¿Acaso el PRI no tiene las mismas armas para intentar sumar y no restar en busca del aval mayoritario?¿Y el PRD? Si se responde que por ahora están en desigualdad, entonces habría que pensar en las perspectivas a futuro, jamás bloqueando el tránsito general hacia una democracia menos viciada.
La madurez que demuestra ir adquiriendo, muy gradualmente, la ciudadanía, no parece ir a la par en cuanto a los partidos políticos con mayor representatividad. Nos quedan chicos, como he subrayado en otras ocasiones, nuestros órganos de representación políticos, erosionados además.
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