¿Existe tal cosa como un pensamiento inofensivo? ¿Es cierto que sólo la acción cuenta? ¿Será que lo que pensamos sí tiene un efecto mucho más potente de lo que antes creíamos? Los pensamientos y las emociones no son tan inofensivos como podrían parecer. Son el plano arquitectónico para la creación física. En efecto, somos imanes que atraemos aquello en lo que más nos enfocamos.

Los pensamientos se convierten en “cosas”, y el darnos cuenta conlleva una mayor responsabilidad. En lugar de hablar, leer, ver pobreza, guerra y violencia, ¿no sería mucho más constructivo enfocarse en prosperidad, paz, armonía? La realidad es que a cada momento somos cocreadores del mundo.

Por eso, el mundo interior no es inofensivo, no basta con dejar de “ofender” físicamente a los demás. Quien constantemente vive en un mundo de pensamientos violentos y negativos, no sólo se daña a sí, sino que contribuye a cocrear un mundo más convulsionado. La pasividad —no hacer nada— no es sinónimo de tranquilidad, si por dentro seguimos con nuestro malestar.

Para exponer esto con mayor claridad sólo hace falta recordar la última vez que entramos a un lugar, sea una fiesta, reunión, etcétera, donde, desde que abrimos la puerta sentimos un “ambiente pesado”. No hacía falta que nadie hablara para sentir una mezcla de sentimientos “poco alentadores”.

De igual forma, sin acción, pero con pensamientos negativos sobre uno mismo, la familia, la comunidad, el gobierno, el mundo, etcétera, estamos contribuyendo a engendrar un mundo de más problemas, en lugar de servir de plataforma para las soluciones.

Pero la solución no es combatir lo indeseable, sino fomentar lo que sí se quiere. Ponerse en contra de lo negativo es como echar gasolina al fuego. Estar a favor de la paz y tomar acción concreta en dicho sentido es mucho más deseable que ir en contra de la guerra, por ejemplo. Aunque pareciera ser lo mismo, el enfoque en lo negativo sólo atrae más consecuencias negativas.

Al ser conscientes de estos principios tan sencillos, podemos recordarnos como humanidad lo que en realidad somos: seres de libertad, gozo, amor y abundancia.

El llamado es a regresar a nuestro estado natural de armonía, de plenitud.

Cuando nos cambiamos a nosotros mismos, cambiamos al mundo, y no a la inversa.

Por eso, más vale “des-aprender” aquellos paradigmas y prejuicios que limitan nuestro progreso.

Para crear un parteaguas en nuestra vida, en nuestra carrera, en el quehacer cotidiano, debemos regresar al origen, a la raíz de toda creación: el mundo interior. Independientemente de la realidad personal, familiar o social, para acercarte a lo que deseas, es preciso creer que algo mejor es posible. Este sentido de posibilidad nos inyecta esperanza y vida, y pone en movimiento los vientos de cambio.
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